Parte I – Siete

Ya van siete años desde que todo pasó y aún no puedo creerlo del todo. Cada año, vengo a “visitarla” a este lugar, nuestro lugar, un pequeño apartamento que uno de mis primos me había dejado cuando se fue a vivir a otro país. Veníamos casi siempre, normalmente cuando queríamos escapar de los problemas y de la gente problemática que tanto nos rodeaba en nuestro día a día. Veníamos de noche, principalmente, y nos acostábamos en el piso a mirar las estrellas desde el balcón del apartamento, recuperando nuestra energía para poder continuar al día siguiente con nuestras vidas como si nada. Hablábamos, reíamos, nos besábamos, nos abrazábamos… Todo era sencillamente perfecto, era aquí donde más nos sentíamos a gusto en el mundo entero porque solo estábamos ella y yo. Hasta que hace siete años, en esa fatídica noche en que nos quedamos por más tiempo aquí del que normalmente acostumbrábamos, esa sombra tenebrosa y llena de maldad la arrebató de mis brazos cuando salíamos del edificio.

Al salir del edificio, noté algo extraño, como si nos estuviesen siguiendo, aunque no vi a nadie detrás nuestro, así que sencillamente lo atribuí a esa sensación de peligro que las calles oscuras me provocaban (ya que nunca confié en los faroles, que podían fallar en cualquier momento y dejarnos en la oscuridad total), y debido al hecho de que era más tarde que de costumbre pensé que era algo normal, así que proseguimos nuestra marcha hasta la parada de taxis donde nos despediríamos y cada quien tomaría uno para irse a su casa, como acostumbrábamos hacer cada noche. Poco antes de llegar a la parada, nos esperaba un horrible destino a ambos, peor, lamentablemente, para ella que para mí.

Todo ocurrió tan rápido… Simplemente sé que de un momento a otro sentí un increíble empujón que me dejó tirado en el piso de un momento a otro y cuando logré darme la vuelta, vi como ese ser horrible y protegido por las sombras más oscuras la agarraba fuertemente con un brazo y con la mano contraria le apuntaba con una pistola en la cabeza, pidiendo que le diéramos todo nuestro dinero y todo lo que tuviéramos amenazando con disparar si no lo hacíamos. Presurosamente saqué mi cartera y mi teléfono, se los di, y ella hizo lo mismo, pero nuestro asaltante se fijó en el collar que poco antes le había regalado su madre a ella. Había pertenecido a su abuela, quien había muerto unos meses antes y quería que se lo dieran a ella. Se negó, cosa que molestó enormemente a nuestro asaltante, provocando que terminase tirándola al piso, a mi lado… Ese fue el último momento en que vi vida en sus hermosos ojos, llenos de temor. Menos de un segundo después de que ella cayera al suelo, escuché como nuestro asaltante halaba el gatillo mientras apuntaba directamente a su pecho y disparaba, y antes de darme cuenta de lo que había sucedido, vi que me apuntaba a mí también. “No puedo dejar testigos, ¿no lo crees? Nos vemos, muchacho”. Eso fue lo último que me dijo antes de que me disparara a mí, envolviendo todo mí alrededor en oscuridad, no sin antes haber visto un velo negro cubrirla a ella enteramente.

Desperté tiempo después en un hospital, siete meses después de los hechos ya que caí en coma. Me dijo mi hermano que un taxista de apellido Rodríguez escuchó los disparos y salió corriendo al lugar para intentar ayudar, ya que él cargaba consigo un arma, pero cuando llegó al lugar nuestro asaltante había desaparecido, por lo cual prosiguió a llamar una ambulancia para pedirnos ayuda. Nunca encontraron al asaltante. Luego de que mi hermano me contara los hechos, pregunté desesperadamente por ella, reconociendo un gesto de dolor en su rostro, por lo cual desesperé aún más y comencé a gritar. En ese momento mi hermano se acercó un poco más a mí y puso su mano en mi hombro, intentando calmarme, diciéndome que ella había muerto poco después de haber llegado al hospital. La bala había entrado casi directamente en su corazón, mientras que el disparo que me propinó nuestro asaltante fue a parar a unos centímetros a la derecha del objetivo principal. Sentí como mi vida caía en pedazos sobre la cama en la que estuve postrado durante siete meses.

Salí de ese lugar más muerto que vivo, a pesar de lo que me decían los doctores y mi propia familia. Con ella murió gran parte de mi ser.

Al cumplirse un año del hecho que habría marcado mi vida para siempre, decidí ir al apartamento y pasar el día entero allí. De vez en cuando miraba una foto de los dos juntos que teníamos allí, en el balcón, mientras encendía un cigarrillo y me preguntaba, ¿por qué el disparo de ella fue tan certero y el mío tan equivocado? ¿Por qué tuve tanta suerte de que el tipo ni se preocupara en saber si yo estaba muerto o no? Me hago las mismas preguntas anualmente, en ese mismo lugar, bajo la misma situación.

Hace una semana fue su séptimo aniversario. Fui como todos los años al apartamento y me quedé el día entero allí, para luego regresar a casa al día siguiente por la mañana. Al salir del edificio, di unos cuantos pasos antes de escuchar la voz de un hombre que se dirigía a mí, preguntando: “¿Harías lo que fuera para volver a tenerla a tu lado? Te he visto ir y venir todos estos años, sabiendo tu historia y el trágico final que tuvo la suya. Y déjame decirte que tengo justo lo que necesitas para lograr lo que te propongo”. Me di vuelta y vi al hombre, cubierto por las sombras del edificio, mirándome fijamente y con una malévola sonrisa en su rostro. “Puedes traerla de vuelta, pero todo tiene un precio, querido amigo. Esto podría ser el comienzo de una nueva vida para ti. ¿Qué me dices? ¿Aceptas? Si aceptas, te diré todo lo que necesitas saber”. Sin pensarlo dos veces me acerqué al hombre, aunque mi cuerpo y mi sentido común me decían que no y casi que me empujaban hacia otro lugar. Sin mediar palabra alguna con el hombre, estreché su mano tendida hacia mí, sin yo tener en cuenta lo qué podría pasar.

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