Parte II – Zaéd, mi única esperanza

Estrechar su mano fue como meter la mía en una dispensadora de hielo y apretar fuertemente el trozo más grande que había. Y, además de ese frío tan tremendo que me transmitía su mano, también sentí algo espeluznante que rodeaba a ese hombre, algo que me decía que toda su existencia era mala, ruin y, por sobre todo, tenebrosa. Si anteriormente mi sentido común estaba alarmado, buscando que mi cerebro reaccionara y me alejara del lugar, en este momento, al sentir todo esto había enloquecido totalmente, hasta el punto que no podía ni mirarlo directamente a sus ojos, intentando buscar una excusa para escapar, pero sin poder siquiera pensar en algo. De cualquier forma, aunque hubiese querido o podido darme vuelta y alejarme del lugar cual niño pequeño, corriendo totalmente atemorizado, no habría podido hacerlo, ya no había vuelta atrás.

Desde lejos, lo único que pude distinguir del rostro de ese hombre eran sus ojos brillantes fijos en mí, su extraña sonrisa y su vestimenta. Llevaba una gabardina negra que llegaba hasta el suelo, con una camisa de un color oscuro y unos pantalones y zapatos de vestir negros. A medida que me acercaba, iba notando poco a poco el rostro de ese hombre tan extraño que me esperaba protegido por las sombras. Nunca en mi vida lo había visto, y puedo decir con toda seguridad que no pertenecía a esa ciudad, puesto que he vivido en ella los treinta y dos años que tengo. Era de piel clara. Tenía una barba frondosa y un cabello largo, negro y canoso. Parecía tener heterocromía, puesto que su ojo izquierdo era de color amarillo y el derecho era marrón. Tenía los ojos fijos en mí, en cada movimiento que hacía mientras me acercaba a él, a pasos lentos e inseguros, pero a la vez decididos en cierta forma a llegar a ese lugar en que ese hombre se encontraba.

Luego de estrechar su mano y de ver como una amarga (para mí) sonrisa de satisfacción se dibujaba en sus labios, prosiguió con su proposición, con una voz que, a pesar de parecer y ser (en cierta forma) normal, me inspiraba cierto miedo, ya que noté algo sumamente extraño en ella. Parecía que con cada palabra (las cuales eran acompañadas por susurros apenas perceptibles) que salía de su boca, el aire a su alrededor se hacía a un lado y se ocultaba, temeroso, y le abría paso a su voz para que llegara a mí. Podía sentir el aire hacerse cada vez más denso por cada segundo que pasaba cerca de ese hombre. “Tengo una solución para acabar con tu dolor, amigo mío. Todo en esta vida mortal tiene un precio, muchacho, y ahora sé que realmente estas dispuesto a todo, aceptando una proposición tan extraño de una persona que jamás has visto en tu vida. Puedes llamarme Zaéd. ¿Puedo suponer, habiendo aceptado, que darías lo que fuera por verla de nuevo? ¿Por tenerla a ella en tus brazos una vez más?”. Asentí fuertemente y sin dudarlo ni un segundo, pero no conseguí emitir ni un sonido. Sabía que era algo totalmente imposible lo que este tal Zaéd me proponía en ese momento, pero por insólito o estúpido que podía llegar a ser lo que me dijera él o cualquier otra persona, cumpliría cualquier petición… Así de desesperado estaba por volver a verla y a tenerla conmigo.

Sus siguientes palabras fueron más crípticas e increíbles. Sin saber la razón, me produjeron escalofríos, me helaron la sangre y además, me dejaron inmóvil, pero a su vez, me volvieron más atento a lo que me decía. “¿Alguna vez has escuchado hablar sobre alquimia? Sí, supongo que sí. Es muy conocida, con todas esas películas y demás, buscando oro o la vida eterna. Déjame decirte que el concepto que tienen las personas es totalmente erróneo, si piensan que eso es lo único que se puede hacer con ella. Entre muchas cosas, también se puede crear cualquier cosa, desde pequeñas astillas de madera, personas; puedes también curar heridas graves, regresar miembros amputados a su lugar con facilidad… Y, lo que a ti te interesa en este momento: devolverle la vida a alguien. Obviamente, para poder lograrlo, necesitarás realizar un gran sacrificio. Pero eso no debe importarte, por lo que puedo ver. Aquí donde me ves, soy un gran alquimista, sin buscar alardear de mis habilidades y pues… He decidido que hoy, en tu séptimo año de duelo, voy a enseñarte alquimia para que logres traer de vuelta a tu amor de entre los muertos. ¿Por qué no antes, si llevo tanto tiempo viéndote, te preguntarás? Porque el siete es un número muy importante para mí, muchacho”. Lo que hizo que esta parte de su discurso me pusiera tan incómodo, era el hecho de que muchas veces me pareció que él, Zaéd, parecía saber todo lo que yo estaba pensando en ese momento, hasta lo que iba pensar antes de siquiera pensarlo, y disimulaba el hecho “respondiéndose a sí mismo” como si fuesen más que obvias mis respuestas. Devolverla a la vida… ¿Con magia? ¿Alquimia? Pero… ¿Esas no son artes oscuras y prohibidas?

Luego de terminar de explicarme qué era lo que quería, me dio la dirección de una casa a la que tenía que una semana más tarde (hoy), si es que estaba dispuesto a seguir con todo esto a pesar de lo que me había dicho. Zaéd me dio una segunda oportunidad de librarme de cualquier precio a pagar, que seguramente era muy alto si realmente era cierto eso de la alquimia que me enseñaría, si realmente podría volverla a ver. A pesar de que todo parecía ser tan solo una broma de mal gusto, por alguna extraña razón no podía dejar de pensar en ello y tampoco pensaba dejar a un lado esa oportunidad. Pautamos, o mejor dicho, pautó, una hora a la cual nos encontraríamos en esa dirección. No lo he vuelto a ver desde ese día, y puedo asegurar que la dirección que me dio es la de la mansión de los Gómez, donde nadie en la ciudad se atreve a entrar desde la noche en la que se presume que murieron los dueños de la casa entre gritos horribles y los oficiales de la policía que entraron a ayudar, puesto que nadie jamás salió, al menos no vivos, y al menos no con sus cuerpos. A veces me digo a mi mismo que es una idiotez lo que me he propuesto hacer desde ese día, que es imposible que vaya a encontrar algo que pueda ayudarme… Pero estoy decidido a hacerlo, ya no puedo seguir viviendo sin ella.

Los tres últimos días soñé con ella. Soñé, la primera vez, que ella me veía fijamente a los ojos mientras me sonreía y luego me decía que me amaba, y me besaba. Estábamos en el balcón del apartamento y era de noche, pero no había estrellas a la vista. Realmente no me importaba, solo me importaba su compañía, así que nos abrazamos y así transcurrió el sueño, abrazados bajo la luna en el balcón. Desperté llorando a la mañana siguiente, abrazando la almohada que ella usaba en el apartamento, recordando el sueño, que era casi igual a la última noche que pasamos juntos. La segunda noche, el sueño era en mi cuarto. Yo llegaba tarde a mi casa de trabajar y, al entrar a mi cuarto, ella estaba ahí, sentada en mi cama, y me decía que me amaba más que a nada en el mundo y que me extrañaba mucho, que yo tenía que seguir mi vida, pero que nunca la olvidara. De nuevo, desperté con lágrimas en los ojos y con el corazón más destrozado aún. Anoche, lo que soñé fue una pesadilla que me despertó a mitad de la noche gritando. Lo que pasaba en el sueño era lo mismo que sucedió aquella noche. Íbamos por la calle en una noche más oscura de lo normal y sin estrellas, cuando de repente me empujaban y me tumbaban al piso, luego nos robaban y la lanzaban al suelo. En este momento fue que pude “distinguir” a nuestro asaltante en el sueño. Era la silueta de un hombre robusto, cubierto por sombras extrañas que se movían de un lado a otro, pero sin dejar de cubrirle. Parecía tener cuernos pequeños (o quizá tan solo era la sombra moviéndose), pero al momento de dispararme a mí, como había sucedido, sus palabras fueron distintas. Me dijo “El que juega con fuego, termina quemándose, muchacho”, con una voz grave y un tanto distorsionada, y después me disparaba. Antes de que todo se volviera oscuro volteé a verla y vi algo cubrirla, pero esta vez no era un velo negro, era alguien, o algo; una especie de ser humanoide con la piel grisácea y carcomida se abalanzaba sobre ella, con la boca abierta y llena de colmillos, y con tres ojos negros como el agujero más profundo, que formaban un triángulo. Tenía cuatro extraños brazos que terminaban en unas manos con tres garras y una extraña boca en la palma de la mano, llena de colmillos; además, tenían pequeños tentáculos saliendo de sus brazos. No podía creer lo que veía y no lograba distinguirle más nada, excepto un hueco en el centro del pecho que lo atravesaba hasta su espalda. Intenté, con todas mis fuerzas, arrastrarme a ella para alejar a esa cosa de mi amada, pero el dolor por la herida no me dejó moverme ni un poco, así que procedí a intentar gritarle a ese extraño ser que la dejara en paz, pero la vida y la fuerza se escapaban de mi cuerpo velozmente, por lo cual solo logré emitir un pequeño chillido de dolor; en ese momento, vi tres ojos negros en el centro de una frente gris y sin piel, como los de la criatura monstruosa que ahora estaba sobre ella, aparecerse frente mis ojos. El miedo se apoderó de mi por completo en lo poco que quedó de sueño, porque esa cosa me había agarrado mis brazos y no lograba moverme, mientras sentía como las extrañas bocas de sus manos me mordían salvajemente, cuando de repente la criatura frente a mí chilló fuertemente y abrió la boca, mostrándome su enormes y afilados dientes, para luego abalanzarse sobre mí y… Desperté. Me levanté y fui al baño a lavarme la cara, pero antes siquiera de abrir el agua, vi, sorprendido y asustado, marcas de colmillos pequeños en mis brazos; no pude dormir esa noche, a pesar de que la visión de las marcas fue solo un producto de mi imaginación…

Antes de salir de casa, me abrigué muy bien, puesto que la “cita” en la mansión con Zaéd era tarde en la noche y hacía mucho frio. Las calles solitarias de la ciudad me recordaban mucho a aquella noche. Por las aceras no caminaba ni un alma y por la carretera solo pasaban dos o tres autos cada cinco minutos a gran velocidad, aprovechando que “nadie los vería” y que no había absolutamente nadie en las calles, no los detendrían ni provocarían accidentes. Decidí tomar el camino más corto a través del cementerio viejo de la ciudad, en el que ya nadie ponía a descansar a sus muertos desde hace muchos años, ya que me ahorraba unos veinte o treinta minutos de camino. Obviamente, no me gustaba caminar por ahí, pero era tarde y tenía que llegar puntual. A las tumbas ya no se les veía nombre alguno y parecían tumbas sin nombre, destinadas al olvido, tal como mi alma era destinada a ello desde hace tanto tiempo. A pesar de todo, sentía que pertenecía a este lugar, solitario y olvidado, donde mi alma podría al fin descansar de todo este dolor, pero ya tenía una solución para todo ese dolor.

Llegué a la puerta de la mansión unos cinco minutos antes de la hora pautada, así que decidí esperar un poco, aunque fue más por terminarme de convencer de que esto debía hacerse que por esperar a la hora. Mientras esperaba, vi fijamente la mansión, que siempre tenía las luces encendidas, fuese de día o de noche – y ahora creía saber por qué, ya que Zaéd parecía vivir ahí -. Estaba pintada de azul por fuera, un azul intenso y oscuro; sus paredes estaban cubiertas por enredaderas y además tenía trozos de pintura caídos, dejando ver la piel desnuda y gris de la pared; la puerta principal y las ventanas eran de al menos unos dos metros y medio de alto; la mansión parecía tener al menos unos tres pisos, todos adornados desde la parte exterior con ventanas, siempre iluminadas. Podría decirse que la mansión, en sus días de gloria, había sido majestuosa y muy hermosa, con un aire de superioridad, tal y como sus dueños tenían, según dicen.

Se cumplieron los cinco minutos y decidí tocar la puerta doble que se interponía en el camino entre liberar mi alma de tanto dolor y yo. Toqué dos veces en un plazo de dos minutos, y antes de que pudiera tocar una tercera vez, ansioso, la puerta derecha se abrió lenta pero seguramente, en antítesis de mis pasos hacia el interior de la mansión, que eran rápidos e inseguros, debido al hecho de que estaba tan asustado y ansioso, mezclados con la incertidumbre de que encontraría en ese lugar tan misterioso. Al terminar de entrar, la puerta se cerró con el doble de velocidad con la que yo me encaminé hacia el interior del vestíbulo principal, asustándome con el fuerte sonido que produjo. En ese momento me di cuenta de que no había nada tras la puerta. Luego del susto inicial, comencé a analizar el lugar en que me encontraba. Era muy espacioso, lleno de cuadros en las paredes laterales y con unas cuantas vasijas puestas sobre pedestales, alumbrado bajo la luz amarilla de unos cuatro o cinco candelabros colgados en el techo; tenía una gran escalera de madera en el centro para subir al segundo piso, del cual no se veía nada excepto el rellano en donde se encontraba la puerta que daba, me supuse, al pasillo principal del segundo piso; la habitación tenía tres puertas visibles desde donde me encontraba, sin contar la puerta doble principal, y una detrás de la escalera; el piso estaba decorado con baldosas blancas y unas azules que formaban una enorme G con dos espigas en el centro del lugar. Luego de haber visto bien el lugar, escuché una voz que provenía de la única puerta que estaba en la pared izquierda del vestíbulo; la voz me llamaba, diciéndome que pasara a ese lugar. Era Zaéd. Con miedo me acerqué a la puerta y entré, divisando desde lejos unos enormes estantes llenos totalmente de libros, y al terminar de entrar me di cuenta de que la visión ocupaba todo el lugar, puesto que la habitación (enorme, por cierto) estaba llena de estanterías de libros. En el centro de la habitación había una enorme mesa y en el extremo oeste se encontraba una más pequeña con dos sillas, donde se encontraba sentado en una mi anfitrión, vestido con un traje negro esta vez, diciéndome que pasara a sentarme en la silla que estaba a su lado, pero que antes dejara mi abrigo en la gran mesa del centro. Ya no había vuelta atrás, y estaba dispuesto a absolutamente todo, a pesar de mi enorme miedo.

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