Parte V – Aurum Aquila

Ha pasado un buen tiempo desde que Ricardo y el Grimahl irrumpieron en mis sueños, los cuales ya eran lo suficientemente extraños y enfermizos desde hacía unas cuantas semanas, para transformar el sueño de esa noche en una pesadilla horrible de la cual había sacado una nueva verdad, una nueva revelación que no ha salido de mis pensamientos ni un segundo desde que regresé al Mundo de los Vivos luego de aquel encuentro con el Grimahl. No he dormido desde entonces, con el miedo invadiendo mi ser en su totalidad, con el miedo de que el Grimahl me arrastre nuevamente a su mundo y que esta vez yo no tenga tanta suerte de poder escapar de él. Así como no he dormido, tampoco le he contado a Zaéd del incidente, temiendo que tal vez se retracte de haberme propuesto aquel trato y que todo esto termine. Preferiría dejar que el Grimahl me destrozara y comiera vivo antes que perder mi última y única esperanza de verla con vida nuevamente. En estos días he estado leyendo incansablemente el libro, estudiando todo lo que veo en él. De vez en cuando Zaéd aparecía para instruirme, para guiarme en las artes más oscuras de la alquimia que tanto ignoré toda mi vida. Mientras más aprendía sobre la alquimia, más incómodo me sentía al respecto, pero, a la vez, había algo en mí que me inspiraba a seguir aprendiendo.

Yo mismo vi con mis propios ojos la masacre causada por la herencia a través de los recuerdos del espíritu de Ricardo, pero sin embargo, no puedo sacar de mi mente el único pensamiento que me trajo hasta este punto de mi vida, no puedo evitar pensar en lo que perdí, en lo que quiero recuperar, y por eso no creo ser capaz de tomar una decisión al respecto. Si la traigo de vuelta, no podría soportar el hecho de tener que ver a quien más he amado en mi vida convertida en una máquina asesina y sedienta de sangre, con un poder demoníaco superior al de cualquier mortal, además de que seguramente ese sería mi fin y habría hecho todo esto por nada; pero si no la traigo de vuelta, igualmente todo el camino que he recorrido para llegar a este punto no valdría nada y volvería de nuevo a mi vida vacía, destruida y triste. No podía evitar pensar en todo esto, mientras que el día definitivo en el que Zaéd y yo probaríamos la herencia en ella se acercaba más y más; según él, podríamos intentarlo dentro de unos tres o cuatro días más. Si no me decido pronto, temo que el destino, o quizá el mismo Zaéd, termine decidiendo mi futuro, así que, a pesar de mis grandes deseos por recuperarla, debía considerar el hecho de que es más probable que traiga a este mundo un espíritu maligno que a mi amada. A pesar de mi seguridad inicial de emprender este camino y llegar al otro extremo del mismo, ahora me encontraba ante encrucijadas y obstáculos prácticamente imposibles de pasar o siquiera evadir, por lo cual ni fe y mis ganas de seguir adelante con el plan se diluían en la oscura y profunda agua del destino. Mientras más se acercaba el día, notaba más alejado a Zaéd, que ahora se pasaba los días encerrado en una de las habitaciones del segundo piso, excepto cuando iba a la biblioteca para estar seguro de cuánto había aprendido.

Parecía no importarle mi aspecto, que cada vez iba empeorando más y más por mi exceso de cansancio. En los últimos días, el rostro que reflejaba el espejo no era ni la sombra de lo que alguna vez fue, esquelético, mis ojos no reflejaban ya mi alma, tan solo reflejaban un vacío oscuro; mi rostro desaseado y sin afeitar no reflejaban quien fui en un pasado, quien la amó tanto, quien daría todo por ella. Ahora solo había oscuridad en mí, temor, dolor, incertidumbre, duda de si lo que hacía era lo correcto, y rabia. A pesar de cuanto anhelaba el momento en que la tendría de nuevo entre mis brazos, las palabras de Ricardo resonaban en mi mente una y otra vez. Si la traíamos de vuelta, si es que lo lográbamos, quizá sería lo último que vería. Tengo dos caminos para tomar, ni uno más, ni uno menos, y debo tomar uno antes de que sea demasiado tarde, y así evite de alguna forma u otra tomar un camino, Zaéd se encargará de encaminarme en uno de ellos.

Poco a poco he ido aprendiendo cómo transmutar los objetos, cómo transformarlos en lo que necesito. Cuando se ha de transformar un objeto en otro, al momento de sacrificar dicho objeto, debe decirse una frase, cuya última palabra cambia dependiendo del elemento en cuestión: Dashan kiskal to merk. La frase se usa para tomar parte de la energía alquímica del objeto, o toda, de ser necesario y dependiendo de lo que se vaya a hacer con ella, y concentrarla en las manos del alquimista que realiza la transmutación, volver el objeto en energía con la energía restante en el mismo para poder cambiar su forma si aún tiene energía y luego concentrar la energía en un punto para el fin con el que se está realizando la transmutación dependiendo del pensamiento del alquimista. Luego, se usa otra palabra, la del elemento, para que dicho pensamiento se materialice. Agua es “Aq”, fuego es “La”, tierra es “Vel”, viento es “Mah”, bronce es “Jif”, plata es “Pot” y oro es “Au”. Un alquimista principiante es capaz de transmutar los elementos agua fuego y tierra sin muchos problemas, pero transmutar los elementos viento, bronce, plata y, en especial, oro, podría matarlo muy fácilmente. Cada vez que un alquimista transmuta un elemento, una pequeña parte de la energía alquímica del objeto o material que se usó para la transmutación se queda en él o ella, aumentando permanentemente la energía alquímica del alquimista. Los procesos más difíciles eran los de convertir el objeto en el elemento puro y que el mismo se mezclara con el aire una vez transmutado, y justo esos, además de ser los que más energía dejaban en el alquimista, eran los que necesitaba la gran puerta para abrirse. El material sólido de la puerta sorprendía mucho, puesto que no parecía ser de un sólo tipo de material: parecía alternar entre un estado sólido y líquido, pero nunca dejaba de ser firme y lo suficientemente fuerte como para que ni el pisotón de un elefante – o de muchos – siquiera agrietara un poco la superficie de la misma. Al tacto, se sentía firme y a la vez suave, lisa. Las únicas irregularidades eran unas cavidades  en el centro de las pinturas en las que cada elemento se encontraba representado, donde Zaéd me había explicado que se formarían pequeñas orbes de energía cuando el elemento se materializara sobre la pintura de la puerta.

El único elemento que me falta ahora por aprender a transmutar, tras muchas noches y muchos días de estudio y de desvelo, es el oro. Pero aún no puedo realizar la transmutación, por mucha energía que he logrado almacenar en mi cuerpo, sencillamente no es suficiente. Muchos han intentado la transmutación total en el oro, pero muchos no son capaces de contener la energía el tiempo suficiente, dando terribles resultados en muchos de los casos. Una vez obtuve la energía para transmutar los demás elementos, Zaéd me dijo que podía ofrecerme una alternativa respecto a mi “falta de energía” para realizar la transmutación final, pero que primero debía intentarlo como mínimo. Según Zaéd, todo tenía que estar listo para dentro de tres días obligatoriamente para que la energía que había estado almacenando quedara en mi alma y no se dispersara por todo mi cuerpo. Me explicó que para que mi alma tuviera el suficiente valor como para traer el alma y la energía vital de alguien de nuevo, ésta tenía que estar totalmente cargada de energía alquímica, descubrimiento que él había hecho por su cuenta. “Verás, querido amigo, la energía alquímica se almacena en el alma de alguien en el momento en que esa persona la recibe, y permanece ahí por menos de dos semanas generalmente. Si queremos que tu alma valga lo mismo que regresar a tu amada de entre los muertos, necesitamos que tenga la energía de todos los elementos, y en grandes cantidades. Si por mala suerte dejamos que tu energía se disperse por tu cuerpo, corremos el riesgo de que no valga lo suficiente como para traerla de vuelta desde el otro lado. Además, para poder abrir la puerta al laboratorio, debes ofrecer una parte de la energía almacenada en ti junto con el elemento a la puerta, por lo cual perderías toda la energía que has ganado hasta ahora si lo hacemos cuando se haya dispersado tu energía. Recuerda que ya casi ha pasado una semana desde que realizaste tu primera transmutación”. Al preguntarle la razón por la que yo debía abrir la puerta en vez de él, quien ya tenía mucha más experiencia que yo en alquimia, se limitó a responderme “La puerta me ha rechazado. Para ser más específico, me ha rechazado unas cinco veces ya, desde que llegué a recuperar la herencia hasta hace unos pocos días, que mientras dormías intenté hacerlo nuevamente. He intentado tocarla solamente, para ver si hay alguna otra manera de abrirla, pero no pude, puesto que al tocarla, lo único que he recibido ha sido lo que en un principio pensé que era una especie de descarga eléctrica en la mano, pero resultó ser una cantidad inmensa de energía alquímica que la puerta expulsó, una cantidad tan grande que mi mano no pudo ni soportar. Esa también es la razón por la que me he alejado un poco de ti, amigo, he tenido que atender mis heridas – en ese momento, vi que Zaéd levantó su mano y procedió a deshacerse del guante de cuero negro que cubría su mano derecha, revelando lo deteriorada que había quedado al contacto con la energía: su mano había sido quemada hasta el punto en que podía ver hoyos en la carne que recubría su mano, dejando a la vista sus huesos en muchas partes -. Tranquilo, con el tiempo sanará, si logro conseguir lo necesario para ello”.

El hecho de que la puerta rechazara a Zaéd tantas veces perturbaba mis pensamientos, porque eso podía significar que la puerta me rechazaría a mí también, que tenía tan poco tiempo practicando la alquimia. La verdad, era lo más seguro, pero Zaéd parecía estar muy seguro de lo contrario, parecía estar muy seguro de que yo si sería capaz. Decidí no darle más vueltas al asunto, puesto que solo me estaba llenando de preguntas que sabía que no tendrían respuestas hasta dentro de mucho tiempo. De igual manera, cada vez más cosas se unían a las dudas que mi sueño con Ricardo y el Grimahl trajeron a mi vida en estos momentos. Los dos caminos que tenía que elegir, si sería capaz o no de lograr abrir la puerta y lo extraño que es que Zaéd haya puesto una fecha obligatoria para realizar lo que nos proponíamos, cosa que nunca me dijo en un principio, y por supuesto, el hecho de que intentar traerla podía resultar en algo malo. No podía dejar de pensar en eso, y muy de vez en cuando eso traía como consecuencia que perdiera mis esperanzas por un buen rato, pero me obligaba a mí mismo a seguir porque había llegado ya muy lejos. Algo que si me preguntaba era que, en caso de tomar el camino en que destruía el laboratorio, ¿qué iba a pasar con Zaéd? ¿Tendría que matarlo? ¿Me ayudaría a destruir todo esto? No sabía qué era lo mejor para mí y no saberlo podía traer horribles consecuencias, pero el hecho de saberlo también podía traer horribles consecuencias.

A pesar de que no tenía la energía suficiente aún, según Zaéd, decidí intentarlo una última vez antes de recurrir a la ayuda que me había planteado. Me dijo que él podía darme parte de su energía, pero esa no iría a mi alma, sino que se alojaría en mi cuerpo. De todas maneras, esa energía podía servirme para el sacrificio que la puerta necesitaba, así que no debíamos preocuparnos por esa parte, pero eso traía como consecuencia que quizá mi alma no fuera suficiente sin esa energía que podía quedar en ella. Una de las puertas de la pared izquierda del vestíbulo principal daba a una especie de almacén, donde los alquimistas que habitaban la mansión guardaban objetos que representaban los siete elementos de la puerta del laboratorio, que usaban para práctica y para abrir la puerta. Se encontraban organizados en catorce estantes metálicos, de los cuales cada dos eran usados para un elemento distinto, distribuidos de la misma manera que los dibujos de los elementos en la estrella de la puerta del laboratorio, teniendo como punta superior de la estrella, la que representaba el “Oro”, la pared izquierda de la habitación. Luego de la pequeña charla con Zaéd y de descansar un poco y recuperar mi energía en la biblioteca, aunque lo único que hacía en esos momentos era pensar y pensar, me dirigí al almacén para tomar alguno de los objetos de los estantes de la pared izquierda para poder intentar la transmutación del oro. Hasta ahora, solo lo había intentado dos veces: la primera vez, el resultado fue una quemadura en mi brazo derecho, y la segunda vez, una cortada que iba desde mi mejilla hasta mi oreja, ambas cosas debido a la energía que liberó el oro en ese momento, que me fue imposible de contener completamente, por lo cual Zaéd revirtió el proceso ambas veces. Mientras me dirigía al almacén, justo sobre la gran G que decoraba el piso del vestíbulo principal, sentí un frío que me envolvió por completo, paralizándome en el lugar en que me encontraba. No podía mover mis brazos y piernas, ni siquiera un milímetro, y apenas podía respirar y pensar, sintiéndome débil a cada momento que pasaba ahí parado, sin control alguno de la situación. No sabía qué hacer, hasta que escuché un susurro traído por una briza helada, erizando mi piel. “Seguirás perdiendo si sigues ese camino…”, fue lo que escuché, justo antes de que todo volviera a la normalidad. Caí de rodillas al piso apenas pude mover mi cuerpo nuevamente, intentando reponerme y encontrarle una solución a lo que acababa de suceder. Luego de pensarlo un momento y de reponer mis energías finalmente, me levanté nuevamente, cosa que me costó enormemente. Decidí no hacerle caso a lo que había escuchado, si es que realmente había escuchado algo en aquel momento y no había sido solo una jugada de mi mente cansada; además, ¿qué más podía perder en mi vida? Me he alejado completamente de mi familia y amigos, notaba muy bien que mi actitud “auto-destructiva”, como solían llamarle cuando hacían el intento de ayudarme, les molestaba y les resultaba incómoda; tan solo era una carga para ellos, cosa que siempre había evitado ser, así que preferí alejarme de ellos antes de que ellos mismos me alejaran y realmente doliera más. Habían intentado encontrarme, hablarme, ayudarme, pero yo siempre me alejaba, los alejaba. Me mudé, y solo volvía para ir a nuestro lugar, cada año, para más nada. La había perdido a ella también y estaba haciendo el intento de traerla de vuelta, de solucionar de una vez por todas mis problemas, mis dolores, mi pena. No tenía más nada que perder en mi vida. Lamentablemente, no entendí al momento que lo que escuché era una advertencia de alguien que quería que le prestaran atención, alguien que no quería que yo resultara herido.

Seguí mi camino hacia el almacén, aclarando mi mente y preparándome para el último intento que haría, antes de aceptar la ayuda de Zaéd. Poco a poco fui, mientras recobraba mi energía y me concentraba; sentía que el camino se hacía cada vez más largo, causando una sensación de desespero debido al extraño susurro que había escuchado poco antes. Al llegar, tenía en mente tomar un brazalete que había en uno de los estantes de la pared izquierda y con él haría el intento de transmutarlo en energía en el centro de la habitación, pero al llegar, vi un pedazo de oro, más grande que el brazalete. Mientras más grande sea el objeto, mayor debería ser la cantidad de energía que recolectaría en mi alma, así que preferí usar el pedazo de oro, acelerando el proceso para abrir la puerta. Coloqué el trozo de oro, que pesaba más de lo que parecía, en el centro de la habitación, sobre una especie de altar en el cual se aseguraba que la energía no se dispersara a otros lugares que no fueran el alquimista gracias a una especie de hechizo que se había hecho en él. Mis dudas, mi cansancio y mis temores se apoderaron de mí en ese momento, obligándome a esperar un momento más mientras me concentraba antes de realizar la transmutación; me senté en una silla que se encontraba al lado de un escritorio cerca del altar, donde generalmente se sentaba Zaéd mientras me observaba y se hacía cargo de vigilar que el proceso se llevara a cabo de la mejor manera posible, pero esta vez estaba ocupado haciendo los preparativos para la apertura de la puerta y me dijo que iría tan pronto como pudiera. Me había visto realizar al menos unas treinta veces la transmutación, entre prácticas y fallas, pero siempre me decía que iba muy bien, puesto que logré realizar la transmutación más veces que las que falle en realizar el proceso. Luego de obligarme a dejar cualquier pensamiento a un lado, me levanté y volví a dirigirme al altar. Coloqué mi mano derecha sobre el pedazo de oro que tenía frente a mí y comencé a pensar en lo que quería que se volviera el oro, energía pura, para lograr absorberla; una vez tuve la imagen de lo que quería bastante clara en mi mente, proseguí a recitar las palabras, poco a poco y con la mayor calma posible, con mis ojos cerrados, dashan kiskal to merk. Poco a poco fui viendo, en mi mente, como el pedazo de oro iba convirtiéndose en una bola de energía, de un color dorado, formándose desde el punto exacto en el que mi mano tocaba el pedazo de oro; una vez vi que el oro era energía pura en mi mente, dije la palabra que faltaba, Au, para que se transformara en la bola de energía dorada que se había dibujado en mi mente. Podía escuchar un leve zumbido, provocado por la materia que formaba el oro al volverse energía; el oro iba transformándose poco a poco desde la cara del pedazo de oro que daba al altar, llegando lentamente a la palma de mi mano, envolviendo por completo el oro que se encontraba bajo ella y formando la bola de energía alquímica que se había dibujado en mi mente. Antes de poder absorberla, debía abrir los ojos y esperar a que se asentara en esa forma, para luego cerrar poco a poco el puño, sin perder en ningún momento el pensamiento de la bola de energía que pronto pasaría a formar parte de mi alma. Dudé un poco antes de decidirme a abrir los ojos, estaba asombrado por la belleza que esa energía tan pura me hacía sentir a través de la calidez que transmitía a mi mano y también por el hecho de que lo había logrado, solamente me faltaba absorberla y estaba listo. Zaéd aún no había llegado a vigilar mi proceso, así que no podía equivocarme esta vez o las consecuencias podrían terminar siendo extremadamente desastrosas para mí. Abrí los ojos lentamente y vi que la energía que me transmitía tal calidez y belleza era tal y como la había dibujado en mi mente; sonreí para mi mismo, con gran satisfacción y alegría, antes de comenzar a cerrar el puño y absorber la energía finalmente. Pero justo cuando tenía mi puño completamente dentro de la energía, absorbiéndola lentamente, mi mente comenzó a traicionarme, trayendo el recuerdo de un collar de oro que le había regalado a ella unos meses antes de que muriera, antes de que todo esto comenzara. Era un águila, su animal favorito, hecho completamente de oro, al igual que la cadena que lo sostenía; me había costado conseguirlo, pero hice hasta lo imposible para lograrlo, después de todo, era para su cumpleaños. El recuerdo del águila borró por completo la bola de energía que había creado en mi mente, la bola de energía en la que se suponía que se había convertido el pedazo de oro que había recogido anteriormente del estante; a causa de esto, la energía se volvió inestable, atrapando mi mano dentro de ella. Intenté lo más que pude volver a pensar en la bola de energía, pero por más que lo intentaba, el recuerdo del águila no se iba de mi mente. Entonces vi, en medio de mi desesperación, lo que transformó la misma en pánico y, más temprano que tarde, en un dolor agudo e insoportable: la bola de energía estaba solidificándose, justo alrededor de mi muñeca, justo en el lugar en que mi mano había quedado atrapada por la inestabilidad que mi recuerdo había provocado. Intenté sacar mi mano pero me resultó imposible, ya era muy tarde. Lenta y dolorosamente, sentí como la capa externa, en la parte superior de la bola de energía, se volvía sólida, haciendo un corte limpio en mi muñeca, primero en mi piel, luego en los músculos y por último en el hueso, sin detenerse en ningún momento. Mis gritos de dolor se volvían cada vez más fuertes, y aunque tiraba con todas mis fuerzas de mi brazo para sacarlo de la trampa sangrienta en que la bola de energía se había convertido, no lograba ni moverlo. Cuando se había terminado de solidificar esa parte de la energía y mi mano había sido separada totalmente de mi brazo, pude notar brevemente que la energía se había solidificado también en otras partes, que brillaban intensamente como lo hacía en un principio el pedazo de oro, aunque la parte más grande era la que me había cortado la mano, como si hubiese estado intentando liberarse de mí. Cuando al fin pude mover mi brazo, del cual salía la sangre a chorros, vi que el punto en el que antes había estado la parte cercenada de mi brazo había una marca, una marca con forma de águila, tal como aquel que le había regalado hace ya más de siete años, pero mis pensamientos duraron poco en mi mente: la masa inestable que estaba frente a mí, al no ser controlada por mi poder alquímico ya, explotó frente a mis ojos, expulsándome varios metros hacia atrás y haciéndome colapsar contra la pared, justo al lado de la puerta del almacén. Mis últimos recuerdos fueron haber caído al piso, sin energía alguna, ver la puerta abrirse de golpe y luego ver a Zaéd atravesar el umbral. Mis ojos se cerraron solos y no tuve la fuerza para abrirlos nuevamente, sin saber si había muerto.

Estuve vagando en mi mente, en mis recuerdos y en todo aquello que había estado dando vueltas en ella desde hace ya muchos meses, preguntándome qué me había pasado luego de lo que sucedió, pero sabiendo que nunca tendría una respuesta si seguía haciéndome esas preguntas. Una vez me asenté en mi propia mente, todo pareció calmarse; ahora estaba en una especie de sueño, de lo que había estado escapando desde hace ya tanto tiempo, evitando a los Grimahl y sabiendo que eso me traería eventualmente como consecuencia una pérdida total de mi cordura. La paranoia de solo cerrar los ojos y tener frente a mí a una de esas criaturas que no pertenecían a ningún plano existencial, pero que a la vez los plagaba todos y cada uno, sempiterno, con la paranoia de que me arrastrarían de nuevo a su mundo, a su territorio, y me destrozarían en pedazos. No me había permitido a mi mismo dormir, ni siquiera unos minutos, a pesar de que en un principio mi cuerpo me lo pedía con desesperación, no desde unos dos o tres días antes de realizar mi primera transmutación, desde el día en que Ricardo me mostró el muy posible resultado de lo que estaba intentando hacer. En mi “sueño” parecía estar en una especie de cuarto pequeño, un cuarto totalmente blanco, con una bombilla en el techo que lo iluminaba por completo. No tenía ningún lugar al cual ir, mucho menos algo que hacer, así que, por alguna razón, decidí tenderme en el piso en vez de buscar una forma de salir. Repentinamente, ya no estaba en el cuarto, sino en una especie de pasillo ligeramente iluminado por una puerta abierta que se encontraba al final del mismo. Ya no me encontraba en un sueño, ahora parecía estar deambulando nuevamente en mi mente aparentemente moribunda; al voltear a ver en dónde me encontraba, lo único que vi fue una oscuridad sin límites a mis espaldas, jactándose de tener mucha más libertad que yo. Podía sentirlo, podía sentir como se burlaba, pero no solo se burlaba la oscuridad, cuyo objetivo era envolverme y no dejarme salir de ella jamás y por poco lo lograba, sino que también podía sentir otra presencia en ella, que se burlaba de mi por ser capaz de ver más allá de lo que mis propios ojos veían, más allá de lo que yo mismo decía saber y de lo que mi mente me dejaba ver, más allá de lo que yo mismo me permitía ver. En el momento en que sentí esa otra presencia, me sentí inseguro, tuve miedo, porque en el fondo sabía que era verdad, que yo mismo me había estado cegando, que yo mismo me había estado confundiendo, y ahora temía que era muy tarde para arreglar lo que había hecho o dejado de hacer cuando debí hacerlo: tomar una decisión, la decisión correcta. Así que corrí, corrí tan lejos como pude y sin mirar atrás, pero mientras más me acercaba a la puerta al final del pasillo, parecía que la puerta se alejaba cada vez más de mí, al contrario de la oscuridad y la presencia que se alojaba en ella, que parecían acercarse a mí con cada paso que daba. Al poco tiempo, no tenía a dónde más correr de nuevo, al igual que en aquel cuarto blanco, y simplemente caí sobre mis rodillas y puse mis manos contra el piso, como intentando evitar que éste me absorbiera. Y ahí, en ese momento, me di cuenta de que la presencia que sentía en la oscuridad era yo, me di cuenta de que la oscuridad misma era yo, y que si no la enfrentaba, si no la disipaba, jamás llegaría a la hermosa luz que emitía de forma tan tenue aquella puerta al final del pasillo. El pasillo era el camino que estaba recorriendo, pero sin una decisión que tomar, jamás iba a llegar al final del mismo. Así que en ese momento tomé toda la fuerza que pude, me levanté y di media vuelta para enfrentar a la oscuridad y a la presencia, para enfrentarme a mi mismo. No podía seguir así, debía al menos redimirme si iba a morir, debía terminar de tomar la decisión aunque ya no valiera de nada, la correcta.

Esta vez corrí en la dirección opuesta, hacia la oscuridad, y las risas burlonas pararon, ahora parecían estar asombradas ambas presencias. Corrí hacia ellas hasta que me envolvieron y, eventualmente, desaparecieron. Había decidido, finalmente, mientras corría hacia la oscuridad; entonces, la oscuridad desapareció y me encontré nuevamente en el cuarto blanco, pero esta vez había una puerta frente a mí, una puerta que sabía que tenía que cruzar. Al abrirla, me encontré en otro lugar, la biblioteca de la Casa de los Alquimistas, y escuché a alguien hablarme desde la pequeña mesa en la que me senté en mi primera visita a la mansión para hablar con Zaéd. “Finalmente has tomado una decisión. Lamentablemente perdí el alma de mi hijo haciéndote llegar esa información, pero no habrá sido en vano. Una vez se pierda la herencia definitivamente y todo lo que esté relacionado a los que la usamos e investigamos también, los Grimahl cesarán de existir. O al menos esos que han perseguido a quienes están relacionados con la herencia, como tú, como yo, como mi familia, y las almas de todos aquellos consumidos por esas criaturas serán liberadas finalmente. Debes seguir ese camino, aún no has muerto y aún no puedes morir, puesto que eres el único que puede evitar esta catástrofe. Si la herencia vuelve a ser usada, los Grimahl podrán cazar a los humanos fuera de las pesadillas y podrán manifestarse y materializarse en nuestro mundo; por favor, debes evitar eso. Deberás abrir las puertas del laboratorio y entrar, debes quemarlo desde el interior antes de destruir todo lo demás. Antes de que vuelvas al mundo, quiero decirte dos cosas: primero, la energía alquímica es lo que te ha permitido mantenerte despierto por tanto tiempo y no sufrir consecuencias, pero una vez se disperse en tu cuerpo, deberás descansar o si no morirás, también te ayudará con respecto a tu mano, eventualmente dejarás de sentir dolor antes de lo previsto, y segundo, fui yo quien te detuvo antes de llegar al almacén, necesitaba prevenirte de lo que podía ocurrir si ibas, pero solo pude decirte esas pocas palabras. Cuídate mucho, …”. Antes de que pudiera terminar de hablar, todo se desvaneció lentamente y me encontré en la nada, totalmente solo en una oscuridad sin fin. Sabía quién era esa persona que me había hablado: era el señor Gómez. Pero, ¿por qué? ¿Por qué me había dicho todo eso? ¿Y por qué lo había hecho en este momento? ¿Cómo sabía que había decidido seguir las instrucciones de Ricardo?

Desperté con un pedazo de tela cubriendo mi brazo, en mi muñeca. El pedazo de tela estaba empapado de sangre, mi sangre. Estaba sentado en la silla en la que me había sentado antes de intentar la transmutación para concentrarme como debía, cosa que no logré del todo. A mi lado se encontraba Zaéd, que pasó de estar muy preocupado a estar aliviado al verme abrir los ojos, según lo que pude decir al ver sus gestos. Me explicó que estuve desmayado por al menos una hora y que por lo general, cuando la energía pura del oro se vuelve inestable a tal punto como había sucedido hacía poco tiempo, ésta desprendía una luz que consumía todo a su alrededor, pero que el altar también había sido preparado para esos casos, haciendo que la energía se liberara en forma de onda. Había logrado curar mi brazo sangrante y de parar la hemorragia, pero le había costado mucho, también me había dado una especie de cura alquímica que detenía el dolor, pero que solo hacía efecto al cabo de tres horas. Lo único bueno de lo sucedido era que mi alma había absorbido gran parte de la energía, la suficiente para abrir la puerta, que se liberó en aquel momento, algo muy raro, pero que podíamos usar a nuestro favor. Pensé en contarle a Zaéd acerca de Ricardo y su padre, acerca de lo que me había decidido a hacer y acerca del cambio de planes, pero deduje que en mis condiciones, iba a necesitar toda la ayuda que pudiera obtener para poder llegar al laboratorio a salvo.

Dos días más tarde del accidente con la bola de energía, decidimos abrir la puerta finalmente. Zaéd me explicó que era justo ese día en el que teníamos que hacerlo porque la energía iba a estar a su tope en todos los alquimistas, principalmente en los que recibieran grandes cantidades en los últimos catorce días, el cual era mi caso. Una vez recogimos los objetos que íbamos a necesitar para abrir las puertas del laboratorio en el almacén, fuimos a la biblioteca. Colocamos cada objeto en su marca correspondiente y procedí a realizar el proceso de convertir en energía cada uno, esta vez con mi mano izquierda por razones obvias, dejando que la puerta la absorbiera junto con una pequeña parte de mi energía. Una vez realizadas todas las transmutaciones, excepto la del oro, decidí tomar un pequeño descanso para concentrarme al máximo, antes de cometer otra equivocación y perder la vida antes de siquiera entrar al laboratorio. Una vez me sentí listo, vi a Zaéd y me asintió levemente, mientras tenía esa extraña sonrisa que le había visto el día que lo conocí, esa sonrisa que tanto me perturbaba, que tanto temor me producía extrañamente; no le hice caso a mis pensamientos y decidí ir a realizar la última transmutación. Fue exitosa. Y vi como poco a poco se iban deshaciendo las puertas que protegían las puertas al laboratorio, luego de haberse iluminado cada marca con un color grisáceo. Luego de un rato, no quedaba nada de las puertas, y, en cambio, unas escaleras de madera se encontraban frente a mí, adentrándose en una gran oscuridad bajo la mansión, adentrándose al laboratorio.

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