Parte VI – El que juega con fuego, se termina quemando

Frente a mí se encontraba el final de mi viaje, un viaje que, lamentablemente, sería en vano, pero al menos evitaría traer más sufrimiento al mundo del que generalmente ya tiene. Al voltear, vi a Zaéd mirarme con entusiasmo, indicándome que bajara las escaleras que se encontraban frente a mí, las cuales se adentraban en lo más profundo de la mansión, pareciendo unas escaleras sin fondo alguno, sin un fin. No pude evitar notar que aquella extraña maldad que percibí en Zaéd en el momento en que lo conocí se volvía más notable, más amenazante, y por sobretodo, más escalofriante. Rápidamente miré hacia el frente de nuevo y di el primer paso, hacia el primer escalón, con lo cual activé una especie de mecanismo que fue encendiendo lentamente, a medida que pisaba un nuevo escalón en mi viaje hacia las profundidades de la Casa de los Alquimistas, unas especies de antorchas incrustadas en las paredes, o al menos eso imaginé que eran, puesto que la oscuridad tapaba totalmente. Caminé lenta pero seguramente a través del pasillo que se iba iluminando poco a poco, caminé a través de él tal y como se abrió la puerta de la mansión, invitándome a entrar a ella, pero en este momento era algo en ese camino lo que me hacía moverme tan lentamente, una extraña fuerza que me hacía mantenerme con la mayor calma posible, pero que a la vez me advertía de las posibles amenazas que me esperaban de ahora en adelante. Las paredes de ladrillos grises con las que estaba hecho el pasillo ayudaban a camuflar, junto a la oscuridad, lo que pensé en un principio que eran antorchas, pero al poco tiempo pude distinguir que eran pequeñas luces que se juntaban en un mismo punto, luces que parecían ser las energías alquímicas de cada elemento que ofrecí anteriormente a la entrada para abrirla, junto con la energía alquímica que la misma había tomado de mi alma. Podía escuchar los pasos de Zaéd un poco más atrás de mí, que parecían ir aún más lentos que los míos, dominados por alguna especie de nerviosismo extraño.

Al llegar al fondo de las escaleras, nos encontramos en un rellano igual de estrecho que el pasillo por el que bajamos en las escaleras frente a una nueva puerta que bloqueaba el paso al laboratorio. Al llegar al rellano, Zaéd colocó su mano sana en mi hombro, indicándome que yo era el único que podía abrirla y que no debía perder más tiempo. Volteé a verlo y vi de nuevo aquella sonrisa con la que me invitó a realizar todo este extraño experimento que podía traer como consecuencia la muerte de inocentes en todo el mundo, quizá de todo el mundo, incluyéndonos a nosotros, como primeras víctimas, a manos de los Grimahl. Lo que me preguntaba era lo siguiente, ¿Zaéd sabrá la verdad? ¿Sabrá que lo que intentamos hacer no tiene un buen final para absolutamente nadie? Cuando dejé de un lado aquellos pensamientos, volví a mirar al frente y abrí lentamente la puerta, sintiendo el frío invernal que me transmitía su mano incluso a través de la ropa. Ahora nos encontrábamos ante una enorme habitación, decorada con una alfombra roja que cubría el piso entero, siete candelabros de oro – con siete velas encendidas cada uno – colgaban del techo, meneándose de un lado a otro, como si el viento hubiese chocado con ellos violentamente, pero sin dejar de iluminar cada rincón del cuarto, montones de estantes conteniendo extraños materiales y miles de libros, que no solo se encontraban en los estantes sino también acomodados en pilas en el piso en una esquina del salón; además, habían alrededor de unas diez mesas, de las cuales dos se encontraban en el medio, con ataduras de cuero para mantener inmóvil un cuerpo, y las otras ocho mesas tenían encima muchos tubos de ensayo y matraces llenos de líquidos extraños. De un momento a otro, poco después de haber entrado y de ver lo que tenía frente a mí, sentí un golpe en la nuca que me derribó. A pesar de que el golpe no era lo suficientemente fuerte como para hacer que me desmayara, la falta de energía que tenía provocada por mi cansancio, mi incidente con el oro y además toda la energía que la entrada al laboratorio me había drenado, causaron que el golpe fuera certero. Me desmayé por al menos unos quince minutos, para descubrir que mi brazo izquierdo, mi cintura, mis piernas y mi cuello se encontraban amarrados a una de las mesas que se encontraban en el centro de la habitación, con Zaéd parado a mi derecha, mirando fijamente a la pared que se encontraba frente a él, al parecer esperando a que me despertara.

Al darse cuenta de que había despertado finalmente, me sonrió con aquella sonrisa macabra y oscura con la que le conocí, con la cual me generaba un frío insoportable que era capaz de penetrar mis huesos y causarme un dolor intenso, a pesar de parecer solo producto de mi imaginación. Lo que ocurrió luego logró hacer que aquella fuerza que me mantenía en calma se desvaneciera y, a su vez, me provocara el miedo más horrible que jamás había sentido en toda mi vida: sus ojos fueron cambiando a color rojo completa pero lentamente, como si alguien estuviera tejiéndolos con hilos rojos poco a poco, mientras se reía sin dejar de verme fijamente, con una risa extraña que parecía venir de dos personas distintas y que apenas podía escapar de su garganta. Poco a poco, comenzó a caminar alrededor de la mesa en la que me retenía, observándola detenidamente. En ese momento me di cuenta de que por más que intentaba, mi miedo no me dejaba moverme, así que opté por cerrar los ojos e intentar calmarme. Al darse cuenta, Zaéd habló, con una voz más grave y sepulcral que con la que me había hablado hasta ahora, pero que a la vez parecía tener un cierto tono de burla en ella: “¿Qué estás intentando hacer? No podrás moverte de ahí muchacho, no podrás hacerlo nunca – de nuevo, lanzó una carcajada que me heló la sangre, evitando que me calmara nuevamente -. No sé quién es más estúpido, si tú, los alquimistas que han estado viviendo aquí desde hace más de cien años o este tipo en el que estoy ahora. Todos han creído en la herencia, en traer de vuelta a sus seres queridos, a aquellas personas sin las que ya no pueden vivir. Realmente me entretiene mucho ver como ustedes los humanos se destruyen a sí mismos y nos dejan mucho más fácil el trabajo de convertirlos en una simple carcasa, un saco de carne, a nosotros, mucho más fácil de lo que ya era cuando fueron creados. Siempre han tenido millones de defectos. Y uno de ellos es que nunca investigan las cosas que se les transmite con el tiempo, las herencias que la historia les deja, y simplemente confían en ellas ciegamente. ¡No dudan ni un maldito segundo sobre lo que les transmite la historia! Y mucho menos cuando es algo que les hará la vida mucho más fácil. Ni se diga cuando son simples fanáticos como lo han sido siempre los alquimistas, que han confiado ciegamente en el Gran Libro que uno de nosotros les dejó para que nos ayudaran a liberarnos finalmente, obligando de la manera más hermosa al primer intento de alquimista de la historia, Guldah, a escribirlo. Pero como siempre se ha dicho, si quieres que algo se haga bien, hazlo tú mismo. Causó más problemas que beneficios para nosotros el haber dejado a cargo del recién llegado, a pesar de que era uno de los mejores en esa época, la tarea de dejar el manual de instrucciones para liberarnos. ¿Recuerdas esa parte sellada del libro? Bueno, lo que pasó ahí, fue que nuestro querido amigo, el que obligaba a Guldah a escribir el Libro, se reveló contra nosotros, dejando en la mitad del libro un instructivo de cómo sellarnos para siempre, sabiendo que nosotros nunca podríamos acercarnos al libro. Lo descubrimos tiempo después y aquel idiota tuvo su merecido por traicionarnos, pero ya alguien había leído la verdadera razón por la cual se había escrito este libro, y bueno… Crearon una especie de prisión para el libro y además sellaron todas sus páginas, para que nadie pudiera usarlo jamás, para que ninguno de nosotros pudiera tocarlo, ni estando dentro de uno de estos sacos de carne que ustedes llaman cuerpos. Pero el que persevera alcanza, ¿no es así? Realmente me están gustando los proverbios que han creado, muchacho, quizá sea lo único que realmente hayan hecho bien en su corta estadía en el planeta. Mucho antes de que Guldah escribiera el libro, habíamos creado una criatura capaz de entrar en los sueños de los humanos, los Grimahls, como los llamó el idiota de Heif Lauen, con las que nos divertíamos casi a diario viendo las reacciones que ustedes tenían al verlos en sus pesadillas. Con esas criaturas asustamos, atemorizamos y hasta asesinamos a los alquimistas, mientras íbamos tallando un nuevo mensaje acerca del libro y también callábamos a los que sabían la verdad acerca de él. Déjame decirte que realmente fue hilarante ver como morían – dijo mientras soltaba una carcajada -, como perdían la cordura y terminaban entre cuatro paredes blancas y acolchadas, y todo eso solo con ver una vez a nuestras pequeñas mascotas. ¿Qué? ¿No te parece gracioso?”. Mi mirada de temor, mezclada con rabia al darme cuenta de que me habían estado usando desde hacía ya tanto tiempo, se encontraba clavada directamente en sus ojos, de la forma más amenazante que podía a pesar de mi temor. Se acercó a mí y me vio con una enorme sonrisa dibujada en su rostro mientras me tomaba de la barbilla con su mano sana, una sonrisa de satisfacción porque sabía que mi amenaza era un simple intento para ocultar el temor que sentía con solo oír su extraña voz; parecía tener la capacidad de oler mi miedo. Sin embargo, y a pesar de que sabía que podía terminar resultando peor para mí, le escupí en la cara, haciendo que se molestara, pero solo me respondió soltándome la barbilla bruscamente.

“Te he tratado con tanto cariño hasta ahora, ¿y así me lo pagas, humano estúpido? Bueno, no importa, pronto podré dejar de usar este saco de carne y tener mi verdadera forma. ¿Y sabes qué será lo primero que haré cuando salga de esta prisión de carne? Tomar tu alma y comerla, pero no te mataré hasta que no te haya hecho ver todo el daño que le causarás a tu querida raza de monos con ego. Luego, cuando tengas toda esa culpa y ese dolor por lo que les hiciste, serviré un banquete junto con mis hermanos con tu carne como plato principal. Así que no te preocupes, relájate, aprovecha que estás cómodo ahí en esa mesa y escucha la historia de cómo conseguimos llegar a este momento mientras preparo todo para poder absorber toda esa energía que has ido acumulando en estos últimos días. Tengo la fama de hablar demasiado mientras preparo mis bebidas energéticas”. En ese momento se dio media vuelta y se dirigió a una de las mesas con los frascos y líquidos extraños. Mientras se iba intenté por última vez liberarme de mis ataduras, pero fue en vano, por lo cual decidí, nuevamente mantenerme quieto e intentar calmarme, a pesar de que la sola presencia de “Zaéd” me lo impedía totalmente, así que decidí dejar todo a la suerte y seguir con el plan que me había trazado desde el momento en que comencé a bajar las escaleras. De pronto, su extraña voz interrumpió mis pensamientos nuevamente.

“¿Por dónde iba? Cierto… Las paredes acolchadas – palabras que causaron como reacción una nueva carcajada sin sentido aparente -. Llevo tiempo ensayando este pequeño discurso, por si no lo has notado. No quería quedarme sin un tema de conversación o sin algo de lo que hablar, al menos no en un momento tan importante como este. Como te venía diciendo, muchacho, logramos hacerles llegar a los pequeños ignorantes de los alquimistas que si existía una forma de traer de vuelta a los muertos, pero que estaba en el libro, en el Gran Libro que tanto tiempo atrás habían encerrado y sellado. Por supuesto, solo los que podían sobrevivir al encuentro con nuestras mascotas y no terminaban, pues, más locos de lo que ya se encontraban, eran capaces de dar a conocer la información. Tardamos mucho, realmente, pero al final logramos hacer que quitaran el sello de la mayor parte del libro. Lo único que no pudieron eliminar del sello fue justamente esa parte que explica cómo evitar todo esto y que dejaba a la vista el verdadero sentido del libro. Aunque nunca me han gustado los humanos, Guldah fue uno muy inteligente, puesto que dejó escrita una forma de sellar el libro junto con la forma de evitar que lográramos nuestro propósito, una forma que ningún humano podría conocer a menos de que la leyese del mismo libro, un arte desconocido. Y aunque nosotros sabíamos cómo desaparecer el sello, el sello no permitía que nosotros nos acercáramos, así como el de la entrada a este laboratorio, causando esto como resultado en los que lo intentaban, aunque a mayor escala – levantó su mano y quitó el guante que la protegía, dejando ver los daños que la entrada del laboratorio le había causado en la mano -. Murieron muchos intentándolo, pero aunque no sabemos cómo evitar que ustedes eviten esto, monos con ego, ustedes tampoco sabrán cómo evitarlo, así que estamos muy tranquilos. Con el pasar del tiempo, fuimos ayudando poco a poco a los alquimistas que quitaron el sello a lograr cumplir con sus deseos, que realmente eran los nuestros, aunque déjame decirte que ustedes los humanos aprenden muy lento las cosas; obviamente, nunca tuvimos en cuenta que Heif Lauen iba a enterarse de la forma de alejarnos de los experimentos y, además, de lo que nuestro rebelde había dejado escrito en el libro. Logró mantenerse oculto de nosotros hasta que terminó de construir esta mansión y este laboratorio, donde intentarían sellarnos a través de experimentos. Pero la verdad es que nunca lo lograron hacer, nunca conocieron el verdadero propósito de la mansión, ya que logramos tomar el control del pequeño Heif Lauen antes de que diera a conocer sus propósitos. Ya había trabajado en conjunto con los alquimistas para crear esta mansión, donde se guardaría la única copia del libro, así que no pudimos controlar el hecho de que usaran el laboratorio para hacer los experimentos. Igualmente, mientras que pudiéramos entrar en la piel de uno de los alquimistas, no iba a haber problemas, porque tocar la entrada era lo que nos podía causar la muerte. ¿Ves? A pesar de las adversidades, nuestro plan no tenía fallas. Mientras que uno de los nuestros estuvo dentro de la piel de Heif Lauen, que había sido acechado por nuestras mascotas por un tiempo, solo por diversión, nos enteramos de que las almas de los alquimistas podían llegar a los sueños de las personas que no tenían que ver con el Libro y hablarles. Adivina quién habló con él. Pues sí, nuestro escriba personal. Guldah le contó todo, así que decidimos darle un par de nuevas habilidades a algunos de los Grimahl. Ahora podían absorber las almas de los alquimistas, y además tenían una especie de radar para saber dónde estarían las almas que iban a contar todo acerca de nuestro pequeño plan. Lo que está escrito en el libro fueron anotaciones que Heif Lauen hacía mientras bebía para evitar enloquecer, aunque ya lo estaba; nosotros sencillamente las agregamos al libro, luego de darles una descripción más detallada de nuestras queridas mascotas, por supuesto, y usamos un poco de nuestra magia para cambiar la letra, el tiempo que tenían las hojas y listo. Ustedes los humanos son muy fáciles de manipular y engañar. Con el tiempo, cuando llegó la familia de los Gómez, realmente incompetentes. Sólo se preocupaban por traer de vuelta a su hijo Ricardo, que había muerto pocos meses antes de que pudieran realizar lo que nuestro libro les decía, en un accidente como por el que pasaste tú, y no usaron el laboratorio para realizar el experimento, como se les había dejado dicho, solo por traerlo de vuelta lo más rápido posible. Pero ya nosotros sabíamos cómo eliminar el sello de la entrada al laboratorio, facilitándonos más el trabajo, como en los viejos tiempos. El sello estaba hecho a base de la sangre del padre y la madre de la familia que residía en la casa, sólo ellos y su familia eran capaces de abrirlo, nadie más, pero duraba exactamente quince años y la misma familia no podía renovar el sello, por lo cual eran tan exactos al cambiar de familia. Pero si los padres de la familia se iban de la casa, o si morían ellos y los demás habitantes de la casa, el sello simplemente desaparecía. Creo que lo que sucedió luego, cuando creyeron tener listo el ritual y ‘trajeron’ de vuelta a Ricardo, te lo debe haber contado él mismo. Ésa obra de arte la hice yo – dijo, mientras una sonrisa de satisfacción al recordar su ‘obra maestra’ se dibujaba bruscamente en su rostro -, jamás la olvidaré. Pero como todo, nada es perfecto. El sello siguió existiendo, y años más tarde nos enteramos de la razón. Me había hecho falta matar al hijo menor de los Gómez. Durante años lo buscamos, créeme que fueron muchos años, pero nunca lo logramos. Hasta que se me ocurrió la idea de habitar este cuerpo, un cuerpo que había sido vaciado de su alma por los Gómez para poder traer a su hijo, un muy buen alquimista, mejor que todos los Gómez, y también fue el protector de Ricardo, su mentor, y prácticamente fue su tío, por lo cual se ofreció él mismo para el sacrificio en cuanto estuvieron listos. Zaéd aquí presente, fue el alma número seis, de las siete que necesitamos para poder abrir las puertas que nos bloquean a todos allá abajo, en esa fosa sin fondo, de la cual solo podemos salir como almas, y solo en pequeñas cantidades… Es sorprendente que a través de tantos años, tan solo seis almas han sido sacrificadas para liberarnos… ¿Ya entiendes por qué digo que ustedes los humanos son inútiles? Bueno, usamos este cuerpo, que ya se encontraba dentro de la mansión, para averiguar quién era el hijo menor de los Gómez, de esos ilusos, y para saber en dónde podíamos encontrarlo. No nos tomó mucho tiempo encontrar lo que nos hacía falta, pero nos dimos cuenta de que, aunque tenía el mismo instinto de querer proteger a los más cercanos, eso que tanto daño le hizo a sus padres y lo que los condenó por completo, no estaba preparado para poder hacer lo que necesitábamos que hiciera, queríamos matar dos pájaros con un disparo, como dicen ustedes. Había crecido sin los conocimientos de alquimia que por tantos años habían estado en su familia, así que su alma no valía nada para la puerta, mucho menos lo suficiente para poder ser el número siete. Necesitaba razón para creer en lo que hacía, ingenuidad, dolor, pena y, por sobre todo, necesitaba estar totalmente seguro de que las cosas funcionarían. Lo principal para poder hacer cualquier cosa es creer en ello, ¿no lo crees? Así que decidimos darle un pequeño empujón que desencadenaría todo, que lo haría creer en mis palabras. Le quitamos lo más preciado que tenía y dejamos madurar el dolor y la pena en su alma, enriqueciéndola, con el pasar de los años. Oh, que belleza de plan logré hacer, sencillamente que belleza”. Mientras soltaba una carcajada, lanzó algo hacia una pequeña botella que tenía en las manos, llena de un líquido que recién había preparado y soltó humo de un color verdoso debido al contacto que hizo el objeto que le lanzó con el líquido que estaba dentro.

“Fue una pena, tener que quitarle algo tan hermoso de sus brazos, pero había que hacerse. Luego, le herimos gravemente, pero no lo suficiente como para que muriera y me fui. Después de todo, muchacho, no podía dejar testigos de mi verdadero rostro, ¿no lo crees?” En ese momento fue que entendí lo que me estaba diciendo y por qué me lo decía. Quería hacer que el alma del último Gómez valiera más, que se llenara de odio, junto con el dolor y la pena que le causaba la pérdida: quería que mi alma tuviera la suficiente fuerza y el suficiente valor como para tumbar la puerta de la que tanto hablaba. Y además, sus últimas palabras, la forma en que las dijo, esa voz, me lo recordó todo y me dio una nueva información, una que dejaba un sabor muy amargo al pasar. Había sido él quien la había matado, había sido Zaéd, o ese ser que ahora controlaba su cuerpo, quien había tirado del gatillo de esa pistola, impulsando las dos balas que cambiaron mi vida, la que le quitó la vida a mi amada y la que luego me había dejado en coma durante tantos meses. Yo… ¿Yo era un Gómez? Pero yo no me crecí con ellos… Y entonces, una oleada de recuerdos vinieron a mí, recuerdos de mi infancia, de los cuales solo quedó uno en mi mente donde veía a mi madre hablando con una persona que luego se me presentó como mi padre, el señor Gómez. Era un hijo fuera del matrimonio, por lo cual no estuve en esta mansión cuando ocurrió la masacre que esa cosa había hecho cuando tenía el cuerpo de Ricardo, de mi hermano. Ahora solo quedaba una pregunta por responder… ¿Qué era él?

Entonces le vi bebiendo lo que se encontraba dentro del frasco, el líquido extraño con el humo verde. “Bueno, ya está todo listo. Que comience el festín – dijo luego de separar sus labios del frasco, mientras mostraba esa sonrisa que me erizaba la piel -. Deberías agradecerme por darte la oportunidad de ser el último sacrificio para poder abrir las puertas al Infierno. Mis hermanos demonios estarán tan complacidos de ver que al fin pude lograr algo que ellos pensaron que sería imposible luego de tantos años de búsqueda en vano. Pero por algo me nombraron su jefe, ¿no es así? Para poder llegar a tanto, debes saber lo que haces. Al fin podremos dominarlos a ustedes, estúpidos humanos. Alguna vez fuimos lo que son ustedes, pero nos arrepentimos siempre de haberlo sido en algún momento. No podrán contra nosotros en nuestra verdadera forma, sencillamente no podrán. Serán nuestros”. Se acercaba cada vez más mientras hablaba, y con cada paso, sentía que mi seguridad en el plan que había tenido hasta entonces se quebraba, no sabía si sería capaz de evitar que sucediera algo como eso, no sabía qué me costaría tampoco. Cuando ya Zaéd estaba a mi lado, sencillamente se dedicó a mirarme por unos segundos, fijamente a los ojos, mientras sonreía con satisfacción y con hambre. Entonces, puso ambas manos alrededor de mi cuello y abrió su boca, intentando inmovilizarme mientras absorbía mi alma lentamente. El dolor que provocaban sus manos en mi cuello y aquella sensación de vacío interno que me estaba provocando absorbiendo mi alma me estaban dejando sin fuerzas, pero, sin saber por qué, en ningún momento dejé de estar consciente, mucho menos de luchar. Podía ver como una especie de humo azul salía de mi boca y entraba en la suya, mi alma. De la nada, me soltó bruscamente, y a la par que me soltaba, lanzó un grito de dolor mientras caía repentinamente al piso. En ese momento aproveché de sacar una pequeña navaja que había guardado en mi bolsillo izquierdo y corté con facilidad lo que me mantenía atado a la cama, desgastado por todo el tiempo que había estado sin uso. Había funcionado, el plan había funcionado.

La noche anterior, estaba sentado en la cama del cuarto que Zaéd me había dejado en la habitación para que descansara y comencé a revisar las cosas que había llevado a la mansión cuando llegué para quedarme y hacer todo esto. Encontré muchas fotos de ella, las cuales miré por unas dos horas, intentando consolarme por última vez antes de intentar dormir un poco. Pero hubo algo que me llamó la atención: un llavero que tenían las llaves que el viejo me había dado, las llaves de la casa en Europa a la cual me dirigiría luego de recuperar a mi amada. El llavero era una especie de cubo, de color negro, pero que brillaba intensamente, mucho más de lo que recordaba. Entonces, mientras lo revisaba bien, cosa que no había hecho antes, vi una esquina de lo que parecía ser una hoja de papel sobresaliendo de uno de los lados en la mitad del cubo. Vi que la hoja salía por una especie de hendidura que tenía el cubo, y decidí intentar abrirlo. Luego de varios intentos, el cubo se abrió de par en par, rompiéndose por completo y dejando caer una hoja con algo escrito y un collar con una pequeña estrella de siete puntas, tal cual como era la marca del sello que se encontraba en la entrada del laboratorio, la Marca de la Vida. En la hoja de papel, había una nota escrita por el viejo que me entregó las llaves. Decía: “Todo lo que te ha dicho Zaéd es mentira. Te están usando para abrir una puerta que no puede ser abierta jamás y solo tú puedes evitarlo. Te dejo este collar que te protegerá ante todo. Tenlo puesto cuando vayas a ir al laboratorio y no dejes que él lo vea, o te lo quitará y todo estará perdido. El collar te protegerá de lo que él quiere hacer, pero deberás pagar un precio para lograrlo, y deberás correr peligro para que realmente funcione. Solo en el último momento, su protección hará efecto”. Mis dudas crecieron, ahora no sabía si creerle o no, pero preferí tomar precauciones en caso de que fuese verdad lo que decía la carta. En caso de que Zaéd me hubiese estado utilizando, lo dejaría llegar hasta ese “último momento” que mencionaba la carta, no importaba cual, solo importaba que podía evitar lo que podía suceder luego si lo hacía. Ahora sé cuál es el precio que debía pagar: mi alma.

Me levanté y vi cómo se retorcía de dolor en el piso, pero sin embargo, no dejaba de mirarme con sus ojos rojos, de mirarme fijamente y decirme: “¡Me las vas a pagar, me las vas a pagar! Igual no durarás mucho sin tu alma, así que te alcanzaré antes de lo que crees”. Rápidamente tomé dos de los mecheros que se encontraban en una de las mesas del laboratorio y con uno de ellos comencé a quemar los libros, las mesas, los estantes y, por último, lancé el mechero contra una de las mesas en las que había un montón de líquidos extraños en matraces, tubos y frascos, quedándome el otro para iniciar el fuego en las plantas superiores de la mansión. De un momento a otro, estaba rodeado por una marea de llamas danzantes que buscaban incinerar y destruir todo a su paso, incluyéndome a mí, si no me daba prisa. Zaéd se había quedado callado, aparentemente porque se había desmayado, así que lo dejé ahí para que las llamas lo consumieran y así no gastar más el poco tiempo que me quedaba antes de que el laboratorio quedara totalmente cubierto de fuego. Me dirigí a la entrada del laboratorio lo más rápido que pude, que había permanecido abierta desde el momento en el que entramos Zaéd y yo. Al terminar de subir las escaleras y llegar a la biblioteca, busqué incansablemente algo con lo cual quemar la casa completa, con lo cual terminar con esa maldición que los demonios nos habían dejado enmascarándola de salvación. Comencé tumbando las estanterías y usando trozos de leña que estaban cerca de la chimenea, que aún estaba encendida, para quemarlas. Tomé más trozos de leña que encendí con la chimenea para ir quemando otras habitaciones, aprovechando ciertos adornos de la mansión para propagar el fuego: cortinas, mesas, sillas, estantes, alfombras, cuadros y demás. Comencé con el segundo piso y luego bajé, facilitándome un poco el escape de esa manera.

Al cabo de un rato, la mansión estaba igual que el laboratorio y de nuevo me encontraba rodeado por una trampa mortal, rodeado por el mismo infierno. Me encontraba en el vestíbulo principal, decidido a irme de una vez y dejar que las llamas consumieran la mansión y la pesadilla terminara, pero la maldición no me iba a dejar escapar tan fácilmente. Me di la vuelta para comenzar a correr hacia la puerta y escapar y, antes de darme cuenta, La Muerte había acortado enormemente el tramo que quedaba entre ella y yo, con un acero frío que ahora atravesaba mi piel y mis huesos. Zaéd había logrado salir del laboratorio, quemando gran parte de su cuerpo en el intento, con la última pizca de fuerza que le quedaba, y logró llegar al vestíbulo antes que yo pudiera correr hacia la puerta y, cuando estuvo frente a mí, jadeando y llevando sus fuerzas al extremo, clavó una daga en mi pecho, del lado derecho, muy cerca del punto en el que su bala me había impactado siete años atrás. Su sonrisa malvada se dibujó por última vez en su rostro mientras veía la sangre salir de mi herida, cayendo de nuevo al piso poco a poco. Antes de que se desplomara por completo en el piso, logré sostenerlo y lo empuje hacia las llamas, para evitar que ese demonio que se había apoderado del cuerpo de uno de los amigos más leales de mi familia lo siguiera haciendo trizas desde adentro y además quitarle su única razón por la cual podía mantenerse en el mundo en vez de en el Infierno. “¡Aunque logres salir de aquí, aunque nos hayas encerrado de nuevo, no vivirás lo suficiente como para poder curar esa herida!”. Sus últimas palabras, a pesar de que eran ciertas y yo lo sabía, no me hicieron dudar ni un instante de lo que tenía que hacer. Saqué la daga lo más rápido que pude y, con mi mano haciendo presión lo más fuerte que podía en mi herida y me dirigí hacia la puerta principal, pero para mi desgracia, las llamas ya la habían alcanzado y no me dejaban cruzarla. Vi caer uno de los candelabros que se meneaban en el viento, y pude esquivarlo a tiempo corriendo hacia mi derecha. Al levantar la mirada nuevamente, y girar un poco la cabeza a la izquierda, descubrí la única salida que me quedaba para poder salir de aquel infierno en que me encontraba: la puerta tras las escaleras, que comunicaba con un pasillo que daba directamente hacia el jardín trasero de la mansión. Reuní todas mis fuerzas, las pocas que me quedaban, y corrí lo más rápido que pude, evitando las llamas que se encontraban a mi alrededor, hasta llegar a la puerta y, finalmente, cruzar el pasillo hacia el exterior de la mansión.

Mientras miraba fijamente a la luna en su más grande y majestuoso esplendor, separaba lentamente los labios para así abrirle paso al aire y dejar que llenara sus pulmones por última vez, mientras se preparaba para morir finalmente, luego de todo el dolor y la pena que tuvo que soportar por siete años. Su último pensamiento fue el del rostro de su amada; mientras dejaba escapar una lágrima que recorrió lentamente su mejilla, una lágrima que trajo consigo una mezcla de nostalgia y dolor, que se apoderó de él por completo en sus últimos momentos de vida, los cuales pasó tumbado en el césped de lo que alguna vez fue el jardín trasero de la Casa de los Alquimistas, mirando atentamente aquel cielo nocturno, repleto de un océano inmenso y maravilloso de estrellas, que en el pasado había admirado noche tras noche en compañía de la persona más increíble que conoció en su vida y a la que amó más que a nada en el mundo. Muchas veces en su vida escuchó que solo los muertos, o los moribundos, en su defecto, eran capaces de ver las almas que aún se encontraban en este mundo y a los que se encargaban de llevarlos al otro. Lo comprobó al ver al señor Gómez, a su padre, sentado a su lado, diciéndole cuánto lo quería y que lo perdonara por haberlo metido en eso. “Hijo mío, siempre te consideré muy importante, y fue por eso que te alejé de esta vida, de la vida de un alquimista. Quería evitar que hicieras lo que hizo Zaéd en algún momento, lo que seguramente todos nosotros pensamos o hubiésemos hecho en algún momento de nuestras vidas, solo para salvar a los que habíamos perdido. No me lo hubiera perdonado. Pero igual, lamentablemente, te viste arrastrado por una de esas viles criaturas en algo mucho peor que lo que nos pasó a nosotros. Ese collar que te dieron, es la Marca de la Vida, como ya sabrás; pero no es simplemente un artefacto que la representa, sino que además es uno de los pocos artefactos que dan una protección total del alma y el cuerpo contra demonios y cualquier criatura, o incluso ser humano, que intente quitarle la vida al portador. El collar lo debilitó por completo cuando intentó absorber tu alma, puesto que lo que realmente hizo fue beber veneno, uno muy mortal para ellos: bebió parte de un alma sellada con el mismo sello que los había mantenido alejados del libro por tantos años. Pero lamentablemente, para que pudiera envenenarse, el collar dejó que absorbiera tu alma, o al menos gran parte de ella. Perdóname por no haber estado ahí para ti siempre hijo, pero igual, nunca dejé de quererte”. Repentinamente, pudo ver como el alma de su padre se desvanecía en el aire y, más atrás, entre las hermosas estrellas que estaban en el cielo aquella noche, quedaba a la vista la figura de una mujer muy hermosa, una mujer que él conocía y que le decía, con aquella mirada que tanto había extrañado, que todo iba a estar bien.

Sus últimas palabras fueron “Te amo”, un “Te amo” que apenas llegó a pronunciar, palabras que soltó al viento libremente y con la vana esperanza de que algún día llegasen a los oídos de su amor  y de que a los suyos lleguen, eventualmente, en el más allá o en una vida futura, las palabras “Yo también” que tanto extrañaba. Bajo la sombra de una enorme casa en la cual posó todas y cada una de sus esperanzas de encontrar una solución a su dolor eterno, de encontrar felicidad una vez más, y que ahora se hallaba consumida por el fuego, implacable, derrumbándose junto a sus sueños, cerró los ojos por una última vez tras girar la cabeza a un lado, sucumbiendo finalmente al dolor que la daga, con la que Zaéd había atravesado su pecho poco antes, le causaba, mientras el aire que anteriormente había llenado sus pulmones escapaba por su boca, junto a la poca vida que le quedaba en su interior. El collar que se encontraba alrededor de su cuello brilló intensamente de un color azul y liberó la energía que quedaba en su cuerpo. A pesar de todo lo que había hecho y había dejado atrás para ayudar a los demás y evitar una destrucción certera del mundo, tuvo que pagar un castigo que, sencillamente, no se merecía: al haber quedado sin alma, no tenía un lugar en el cual descansar por la eternidad. Y aunque sabía eso desde el momento en el que Zaéd absorbió su alma, sabía que no moriría nunca mientras que las personas que conoció y que aún le querían y lo tenían, con muchísimo afecto, en el fondo de sus corazones; puesto que aquel que vive en los recuerdos de alguien, no muere jamás y vive eternamente.

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