Sr. Sam

Es curioso recordar aquellas pequeñas hazañas que solíamos lograr cuando éramos apenas unos niños, si, aquella época en la que sólo nos preocupaba de cuál sería el siguiente jefe de algún juego de vídeo. El tiempo pasa rápido, demasiado diría yo. Aún recuerdo cuando a la corta edad de siete años comenzó lo que sería el suceso que marcó mi vida para siempre, solía ser aquel pequeño enclenque al que nadie saludaba al llegar al aula de clases, sin embargo, aunque no tuviese los amigos que todo niño quiere tener a esa edad era feliz, en cierto modo. Pero al fin y al cabo no vine a hablar de amistades, vengo a contar de alguna manera el suceso que nunca olvidaré. Todo comenzó una cálida tarde de Abril, luego de la escuela siempre acostumbraba a visitar a mi querida abuela, amaba estar en su acogedor hogar, comer galletas, juguetear con Ámbar, la gatita dormilona; admito que siempre he sido el consentido de la abuela pero nunca superaría a su mascota.

Siempre mi abuela tomaba un poco de su tiempo, me sentaba a su lado para escuchar sus grandes historias, mi favorita siempre fue la de Don Quijote, que gran tipo. Pasaban las horas, ya se hacía tarde y mis padres debían recogerme, mi abuela y yo esperamos por un buen rato, comenzamos a recordar cuando con el abuelo íbamos de pesca a aquel tenebroso lago, y sí, mi abuelo falleció apenas dos meses luego de mi nacimiento.

Seguían pasando los minutos y ni una señal de mis padres, decidí llamarlos, pero nunca atendieron mis llamadas. Eran pasada las 10:00 pm, ya era hora para que un niño como yo se durmiera, pero el sonido del viento hacia retumbar las ventanas, la incertidumbre de no saber absolutamente nada de mis padres y mi tonto, aunque gran miedo por la oscuridad me impidieron pegar el ojo.

Al ver que de ninguna manera lograba dormir, me levanté casi corriendo, aún temía a ese monstruo que… Quizás solo estaba en mi imaginación, quizás no; parecía invisible, podía jurar que en cualquier momento pudiese tomar mis talones y llevarme bajo la cama. Llegué a la estantería donde la abuela tenía su hermosa colección de libros, aunque no leía muy bien, me las ingenié para ojear alguna historia, por fin una llamó mi atención, La Leyenda de Sleepy Hollow de Irving Washington, sabía que si lo leía moriría de miedo, pero admito que era un pequeño curioso, así que lo llevé a mi mullida cama, de nuevo corriendo de ese supuesto monstruo, tomé la linterna de la pequeña mesa que estaba a mi izquierda, la encendí y me cubrí con las sabanas de estampado floral que me hacían recordar aquel peculiar olor a perfume de mi abuela, me propuse a disfrutar de la historia.

Tiempo después me ganó el sueño, me quede dormido sobre aquel hermoso libro, sonó el teléfono, lo que me hizo despertar, la abuela corrió a atenderlo, pero tan pronto como contestó sus gritos invadieron la habitación, ese sonido fue lo peor que pude haber escuchado, corrí a ver que sucedía, pero… Al saberlo no pude evitar romper en llanto, mis padres habían tenido un accidente automovilístico; miré a mi abuela quien igual a mi comenzó a llorar, no debe ser nada sencillo perder a un hijo, así que aun cuando mi ánimo estaba por los suelos, le demostré mi cariño.

Ella se arregló rápidamente, fuimos al hospital donde se encontraban mis padres, al llegar, el doctor y la enfermera encargada comenzaron a hablar con mi abuela, mientras yo estaba en aquel asiento azul de imitación de cuero conteniendo mis ganas de llorar. El doctor confesó que habían muerto, fue una terrible la noticia, solo deseaba ser yo quien hubiese muerto, no ellos, mi abuela comenzó a llorar nuevamente, todo para mi estaba mal… La enfermera mientras ve todo lo que estaba sucediendo va a algún lugar y regresa con lo que parecía ser un muñeco de peluche, se acercó a mí y con algo de vergüenza me lo entrego –Tómalo, tus padres lo traían, seguro era para ti- dijo, -gracias- dije, las lágrimas se me escaparon y no pude evitar abrazarla.

Regresamos a casa sin soltar ni una palabra durante el camino, solo abrazaba a aquel muñeco de peluche al que le puse por nombre Sr. Sam. Al llegar a la que de ahora en adelante se convertiría en mi hogar, solo me encerré en mi ahora habitación, coloqué al muñeco en mi cama y me fui a lavar los dientes para descansar un poco; debo admitir que la mirada del Sr. Sam era espantosa, quiero decir… ¿Qué pensaron mis padres al comprarlo? En fin, era un regalo de ellos y lo atesoraría por siempre.

Tomé de nuevo el libro de La Leyenda de Sleepy Hollow y la linterna, con el Sr. Sam me metí dentro de las sábanas y comencé a leer para intentar olvidar lo sucedido, antes de quedarme dormido besé y abracé al muñeco de peluche, realmente me dolía no tener a mis padres conmigo, lloré de nuevo hasta quedarme dormido. A los pocos minutos o quizás horas, realmente no tengo idea de cuánto dormí, un extraño sonido llamó mi atención, no era la ventana que chocaba con el viento, fue un sonido como si algo se hubiese caído y luego arrastrado, tenía mucho miedo, la oscuridad era mi peor enemiga. Tome la linterna, la encendí y apunté a todos los rincones de la habitación, cuando apunté al armario, vi al Sr. Sam tirado en el suelo, me levanté rápidamente, lo sacudí un poco, lo abracé y regresé a la cama; en el interior me preguntaba cómo había llegado ahí, pero solo le dije “Buenas noches” y regresé a dormir.

A la mañana siguiente, desperté muy temprano, recuerdo que pude observar la mirada perdida de mi abuela, sus ojos llenos de lágrimas, en el sofá, fue una sensación que me llenó de tristeza, me acerqué lentamente, la abracé y le dije que la amaba, le mostré al Sr. Sam y le dije que él también la amaba, en su rostro apareció una sonrisa algo torcida.

Desayuné rápidamente, dejé al muñeco en mi cama, tomé el libro, mi mochila y corrí a la puerta, cuando el muñeco con voz robótica, típica de juguetes  mencionó un “te quiero”, no sabía que pudiese hablar, fue genial –te quiero- dije, y corrí a tomar el autobús escolar.

Al llegar a la escuela me di cuenta que la educadora aún no estaba con su taza de café y su mirada de asesina sentada en su escritorio, así que me propuse a leer un poco más de aquel hermoso libro, metí mis manos dentro de la mochila, me llevé una gran sorpresa al ver que el Sr. Sam estaba dentro de ella, supuse que si alguien lo veía seria el hazmerreír del salón, lo ignoré, saqué el libro y comencé a leer pausadamente.

Llego la educadora, como siempre algo despeinada y con una expresión en su rostro de molestia, bebió algo de su café y nos colocó a repasar nuevamente el abecedario. Tiempo después, ya en casa, luego de hacer los deberes fui a ver a la abuela, quién siquiera podía hablar correctamente de tantas lágrimas derramadas, maldición era horrible verla así, quería animarla, supuse que prepararle algo de comer sería un bonito gesto, pero era solo un niño, no sabía para nada cocinar, así que con algo de vergüenza le lleve un cereal con leche a su cama, ella sonrió y su ronca voz me dio las gracias.

Regresé a la que ahora era mi habitación, recordé al muñeco y lo saqué de la mochila, me di cuenta que mis cuadernos estaban despedazados, la furia me invadió – ¡FUISTE TU!- dije, realmente me sentí inútil al hablarle, o bueno… Gritarle a un juguete, lo tomé y lo tiré a una esquina, apague la luz, de nuevo ese miedo, recordé la linterna y la encendí, leí de nuevo y luego me quedé dormido. Sentí un  fuerte ruido, como si se estuviese rasgando algo, me levanté, encendí la linterna y rápidamente alumbré al suelo, solo pude ver el libro destrozado y una sombra pequeña que al parecer corría, supuse que eran las ratas siempre las escucho por las paredes. Recogí los trozos y los deseché; miré al muñeco, algo en el interior me hacía dudar de aquel pedazo de tela mal fabricado. Regresé a dormir, pero antes de cerrar mis cansados ojos el muñeco soltó otro “Te quiero” el miedo regresó a mi nuevamente, esa voz robótica era desagradable y más cuando siquiera tenía idea de cómo se había encendido, tomé una vieja camisa y lo cubrí para que no me observara mientras dormía.

A la mañana siguiente, me desperté algo tarde, era un frío fin de semana, razón suficiente para no querer levantarme de mi mullida cama, las gotas de lluvia cubrieron la ventana ruidosa de mi habitación, en sí era un día deprimente. Me disponía a desayunar, me senté en la cama y estiré un poco mis brazos y solté un gran bostezo, noté que el Sr. Sam no estaba donde lo había dejado anoche, estaba dentro del armario, fue extraño encontrarlo ahí, pero de todas formas salí de mi habitación sin darle tanta importancia. Mi abuela lloraba; maldecía cada vez que notaba que ella derramaba una lágrima, deseaba inmensamente estar con mis padres, tener nuevamente aquel cálido abrazo de mi madre o los pequeños partidos de fútbol con mi padre, sinceramente solo deseaba morir.

Regresé a mi habitación, mis pasos por la vieja madera del suelo eran muy molestos, me detuve por un momento, comenzaba a sentirme algo incómodo pensé que algo o alguien me seguía, caminé lentamente y sentí unos pasos, la madera chirriante los delataba, al parecer provenían del ático, como una buena casa antigua poseía un ático arriba, donde mi abuela guardaba cualquier cosa que creyera útil, por un momento creí que se trataba de Ámbar pero… Eran demasiado fuertes para que su pequeño cuerpo los produjera; los pasos se detuvieron, justo sobre mí, observé por unos segundos cuando de pronto retumbó el techo, casi como si se tratara de alguien saltando fuertemente sobre mí, corrí a mi habitación y cerré la puerta pasando el seguro, vi al Sr. Sam, algo extraño pasaba… Tan pronto lo miré una sensación de tristeza me invadió, quizás fue el recordar a mis padres, me acerqué a él y lo tomé, comencé a escuchar una voz que seguramente solo yo escuchaba, una voz algo perturbadora que me decía que fuese al armario, lo curioso fue lo que vino después, aquella voz me invitaba a jugar a las escondidas, era un pequeño curioso y comencé a jugar, era muy extraño jugar con algo o con alguien a quien no podía ver, pero estaba seguro de que no estaba loco y que esa voz realmente existía. No quise entrar en el armario, supuse que estaría apretado y con mucho polvo, así que me escondí detrás de un gran taburete antiguo, me asomé y solo vi al Sr. Sam, como no quería jugar solo lo tome como compañero de juego así que le dije “Te encontré”, pero tan pronto dije aquello, algo extraño comenzó a salir del armario, era una especie de persona o al menos eso parecía, aquella forma humanoide trató de ser amable conmigo ofreciéndome su mano para llevarme al armario, era una criatura espantosa, figura completamente encorvada, su piel era tan transparente que podía notar sus venas y algunos órganos, con cabello despeinado y desaliñado, sus ojos inyectados de un tono rojizo y una enorme sonrisa con dientes filosos y garras espantosas. Verlo era simplemente horrible, era como ver a todas mis pesadillas unidas en aquella criatura que me sonreía, mas sin embargo no hablaba, solo gemía o gruñía, quería simplemente salir corriendo y gritando pero ya era hora de dejar a un lado mi temor y enfrentarlo. Aquella criatura no dejaba de observarme, señalando al armario. Salí de detrás del taburete, tome aquella cosa que parecía ser su mano y nos dirigimos al armario.

Solo pensaba en que sucedería si aquella criatura realmente existía y no era solo mi imaginación. Al acercarme a ella, noté que no tenía lengua, parecía haber sido cortada; me dio mucho miedo y un tanto de asco, escurría un líquido de su enorme boca, parecía ser baba, lo cual lo hacía aún mas asqueroso.

Escuché que mi abuela me llamaba, la criatura pareció haberse asustado y corrió a encerrarse en el armario, pero antes tomó al Sr. Sam y se lo llevó. Luego que todo terminó, mis piernas temblaban, de mis labios no salía una sola palabra, solo… Solo deseaba que aquello que había visto hubiese sido una horrible pesadilla.

Luego que atendí al llamado de mi abuela; quien parecía verse un tanto alegre, regresé a mi habitación con la intención de volver a encontrarme con esa criatura y que me devolviese mi muñeco de peluche. Solo tomé aquella cobija repleta de flores y me cubrí, con la linterna en mis manos; noté que ya se hacía algo tarde, eran aproximadamente las 10:00 pm y debía dormir, pero… Solo con pensar en aquella criatura todas mis esperanzas de descansar se iban al demonio. Pero debía enfrentar mis miedos, quería averiguar de donde provenía aquella cosa, por qué me persigue a mi, por qué tanto interés con el muñeco de peluche… Eran demasiadas preguntas que necesitaban de respuestas, y la única forma de obtenerlas era; por el momento, dejar mi cobardía.

Pasaban los minutos y ni una gota de sueño, giré mi cabeza a aquel reloj ruidoso que estaba en la única pared con papel tapiz floral de mi habitación, eran las 12:55 am. Tan pronto giré a ver hacia el armario noté que comenzaba a abrirse, era la criatura… El miedo nuevamente me invadió, pero recordé mis preguntas sin respuestas y decidí armarme de valor y me levanté de la cama, mis pies descalzos tocaron el frío suelo, caminé hacia ella y pude notar que sostenía al muñeco, solo se me ocurrió hablarle -¿Qué quieres?- dije, ni una palabra… Solo escuchaba sus gemidos y gruñidos, era lógico, sin su lengua no era mucho lo que me podía dar a conocer. Nuevamente me llamaba al armario, me ofreció nuevamente su mano, dudosamente la tomé e iba directo al armario, al verlo no era un simple armario común, realmente se veía mucho mas grande, mas profundo, era casi como una entrada a otro mundo o algo parecido; de ahí solo salían gritos, lamentos que pedían ser escuchados. Al acercarme un poco noté algo en particular… La voz de mi madre se hacía presente, igual la de mi padre -Cuídate- decían, pero tan pronto hablaban algo o alguien los hacía sufrir y sus gritos de dolor se hacían presentes en cada minúsculo fragmento de mi habitación, eran tan fuertes que creí que mi abuela los debía de haber escuchado, pero en ningún momento llegó a mi habitación.

Casi entraba a aquel lugar en mi armario pero al ver como sufrían mis padres me resistí, la criatura trato de llevarme por la fuerza pero me sujeté a una pequeña mesa, estaba casi en el aire intentando no ir, sus garras marcaron todos mis tobillos, la sangre comenzó a correr hasta que varias gotas mancharon el suelo; realmente dolía, pero era eso o ir a un lugar que obviamente no era para nada un parque de diversiones. Decidí gritar, llamé a mi abuela quien rápidamente abrió la puerta, pero antes la criatura soltó mis tobillos y desapareció sin dejar rastro.

Ella estaba muy asustada, corrió a abrazarme -todo esta bien, estoy aquí- dijo, lloré y tomé su arrugada y reseca mano derecha, que pronto secó mis lágrimas.

A la mañana siguiente, me levanté muy temprano y me propuse a hacer el desayuno, aún con la imagen en mi mente de aquella criatura… No lograba concentrarme y, como siempre, terminé por ahumar todo lo que estaba preparando, me sentí inútil, quería agradecer a mi abuela de alguna forma, sin ella quien sabe si hubiese sobrevivido aquella madrugada.

De nuevo serví el cereal con leche, lo coloqué en la bandeja roja favorita de la abuela, tomé una flor y la coloqué en agua y me dispuse a llevarla a su cama. Caminé pasando por la despensa y tomé un libro, con cuidado lo coloque al lado del cuenco con cereal y leche para que mi abuela me leyese una historia, subí las escaleras y caminé hasta su cuarto; pero… Antes de llegar noté algo extraño, mucho pelo de Ámbar se encontraba en el suelo al igual diversas manchas de un liquido rojo; supuse que era sangre, llenaban la alfombra en una fila que salía de la puerta de la habitación principal, a medida que avanzaba se hacían mucho mas notorias, al llegar tomé la perilla intentando no derramar nada de la bandeja, la abrí y lo que vi solo creo que se podía definir en una palabra… “Horror” toda la habitación estaba destrozada, los cuadros con marcas de garras, las cortinas igual rasgadas y salpicadas de sangre, la gatita despedazada en un rincón, eso no era lo mas perturbante, miré hacia la cama donde se suponía estaría mi abuela esperando el desayuno y lo que vi simplemente me hizo gritar y llorar, estaba completamente bañada en sangre, su boca estaba despedazada, sin un diente, abierta a una dimensión mayor de la normal, lo peor fue ver que no tenía lengua, su lengua fue arrancada, su pecho abierto y sin rastro de varios de sus órganos vitales. Tiré la bandeja, me acerqué y me arrodillé frente a su cama solo a llorar, pensaba… Mis padres, ahora mi abuela, estaba solo en el mundo… Pensé que podía haber sido esa maldita criatura la que era la causante de aquello.

Corrí a la sala y tomé la agenda telefonica y el viejo teléfono celular, marqué a la policía quienes no tardaron mucho en llegar. Cuando llegaron y vieron la escena de mi abuela muchos de ellos vomitaron, otros estaban solo horrorizados, taparon mis ojos y me llevaron a una patrulla, uno de ellos intentó darme aliento -Todo estará bien- dijo y me abrazó, secó mis lágrimas y se dirigió a la casa a colocar esa cinta amarilla por los alrededores.

Los policías no encontraban explicación de lo ocurrido, por ningún lado encontraron rastros de balas, pisadas, las heridas eran demasiado limpias para que alguien común las hubiese hecho, era obvio que se trataba de un asesino experimentado para ellos, pero no para mi, aún pensaba en que la criatura era la responsable.

Luego de unas horas en la comisaria, estaba sentado en una silla muy incomoda de plástico llorando desconsolado, llegaron algunos de los policías y se me acercaron, uno de ellos se sentó a mi lado -Tenemos que ser sinceros contigo… Hemos revisado y no hay ningún pariente en la ciudad o el país que puede hacerse cargo de ti, por lo tanto tendrás que ir a un orfanato lo mas pronto posible- dijo, -Esta bien- dije sollozando.

Me llevaron a recoger varias de mis cosas a casa, aun habían muchos policías investigando todo; subí a mi habitación y tomé mi ropa y algunos juguetes, los coloqué encima de mi cama, solo necesitaba el morral grande que siempre usaba para guardar mis cosas cuando iba de excursión con mi padre al bosque, solo que… Estaba en el armario y temía que algo malo me sucediera. Me senté a observar la puerta del armario que estaba totalmente cerrada, solo tratando de decidir si buscaba el morral o no; finalmente me levanté molesto, recordando a mi abuela y abrí violentamente la puerta, todo parecía estar en orden… Tomé la ropa que quedaba ahí dentro y la coloque igual en la cama, tome el morral y la sorpresa fue grande cuando al levantarlo noté que estaba el Sr. Sam todo ensangrentado, no había duda que esa sangre era de mi querida abuela, así que lo tomé con fuerza y lo golpee contra el suelo muchas veces -¿POR QUÉ? ¿POR QUÉ ME PASA ESTO A MI?- gritaba, lo seguía golpeando hasta que la cabeza del muñeco logró deshilarse y rodó bajo la cama, ahora tenia un pedazo de tela con felpa en mis manos, pero tan pronto ocurrió aquello pude escuchar un grito o algo así, era similar al chillido de un cerdo antes de ser sacrificado, solté al muñeco, lo patee y tomé mi ropa y la guardé rápidamente y salí rumbo al orfanato.

Tardamos aproximadamente unas dos horas en llegar, yo estaba en la parte trasera de la patrulla solo llorando, miraba por la ventana como la lluvia comenzaba a caer, era lindo y al mismo tiempo curioso, siempre llovía cuando todo parecía salir mal y pues… En parte era cierto. Me bajé del auto y caminé hasta la entrada donde una mujer algo robusta, rubia y de mejillas altamente coloradas nos recibió, me miró y apretó mis mejillas invitándome a pasar -¿Por qué no vas a aquel parque de ahí? Ve, diviertete mientras hablo con los señores (refiriéndose a los policías)- dijo, acepté y fui al pequeño parque y me senté en el columpio algo oxidado, sin menearme, solo a observar a los otros niños quienes ahora serían mis nuevos compañeros, por supuesto ya la escuela a la que iba seria el pasado, sin nadie que cancele su mensualidad no podría estudiar y menos sin alguien que me ayude con los deberes.

Unos minutos después salió aquella mujer y me llamó -Bienvenido al orfanato Santo Tomás joven- dijo, sonreír y me acompañó a ver las instalaciones. Caminamos por un buen rato; era un bonito lugar, habían múltiples ventanas que ofrecían una vista hacia un bosque muy hermoso, el clima era agradable, un frío y nublado, clima era ideal, comida y un enorme cuarto con chicos de mi edad o quizás mas grandes o mas pequeños, pero aun con todo aquello extrañaba profundamente a mi familia, esa imagen de mi abuela nunca podré borrarla de mi mente.

Me instalé en mi nuevo cuarto, era enorme, habían múltiples camas, todas con el mismo decorado rojizo y blanco;  coloqué mis cosas debajo de la cama y me coloqué el uniforme que estaba debajo de la almohada. Miré a la izquierda y había un chico sentado en posición fetal en una esquina, decía muchas palabras extrañas… Me acerqué a él y pareció espantarse -tranquilo, no te haré daño- dije -Viene por ti, él… Él viene por ti- dijo tartamudeando, lo miré extrañado y le pregunté si hablaba de la criatura, no me respondió, le volví a preguntar y ni una sola palabra salía de sus labios… Ya molesto le grité pidiéndole atención y el comenzó a gritar aún mas fuerte pidiendo ayuda -¡El hombre maligno! ¡El hombre maligno viene!- grito y cubrió su cabeza con ambos brazos ocultando su rostro entre sus muslos. Llegaron unas mujeres quienes parecían ser monjas y lo intentaron calmar, me pidieron que fuese a comer y que lo dejase en paz; una de las monjas se acercó a mi amablemente y me llevó al comedor.

Íbamos por el enorme pasillo repleto de ventanas para que fuese a comer algo, aquella mujer mientras caminábamos se presentó -Hola, soy Verónica, eres un joven muy lindo- dijo tocando mi hombro izquierdo, -Gracias- dije, ella sonrió y cuando llegamos al comedor se despidió con un beso en mi mejilla repleta de lágrimas -Buen provecho querido, bienvenido- dijo y se alejó de una manera coqueta; fue muy extraño que ciertas actitudes proviniesen de una monja, pero en fin, estaba tan desanimado que no le di mucha importancia.

Me senté casi al final del gran comedor a esperar mi ración de alimentos, llegaron unas mujeres algo ancianas con delantales manchados de salsa a servirnos. Apenas me dieron mi plato comencé a comer y todos se sorprendieron, me dijeron que esperara; estaba confundido, ¿para que esperar? El hambre me mataba, luego llegó otra mujer y comenzó a rezar, todos rezaron, yo solo coloqué las manos como los demás y disimulaba para no repetir aquello, luego todos comenzaron a comer.

Un rato después nos llevaron a un salón de clases donde nos explicaron algo de geometría. La mujer tomó un marcador rojo y comenzó a rellenar las figuras dibujadas en el pizarrón, al verlo miles de imágenes de la muerte de mi abuela me invadieron, la criatura volvió a mi mente y no pude evitar gritar, todos giraron la mirada hasta mi asiento, tomé mis cosas y regresé a mi cama. Ya estando ahí, me senté en ella solo a llorar, me abrazaba a mi mismo con la intención de recordar los abrazos de mis familiares; de pronto sentí un crujido del suelo, alguien me estaba observando, miré a cada rincón de la habitación y noté que Verónica estaba en una esquina, se acercó a mi y lentamente sus ropajes fueron cayendo al suelo, el resto ya es historia. Luego de ello, solo se despidió dándome un beso en la mejilla y diciendo “Así recibo a los recién llegados tan guapos como tú” y se marchó.

Definitivamente mi vida estaba despedazada, todo indicaba que iba a morir de tristeza o tal vez solo pensaba en suicidarme… Lloré nuevamente e intenté dormir un poco. Un tiempo después, de la nada me desperté, observé el techo por un buen rato imaginando varias historias trágicas, miré al frente de mi cama y había un armario muy grande y sofisticado, al instante recordé el mio; necesitaba mi linterna, el miedo me hacía estar indefenso hacia cualquier cosa que se presentara. El armario comenzó a abrirse, cuando pensaba que todo había acabado regreso nuevamente esa criatura quien ahora hablaba, se burlaba de mi, hacia referencia a todo lo que me había ocurrido con un chiste seguido de una enorme carcajada, gozaba con mi dolor. Nuevamente me invitó al armario, le dije “No” retrocediendo hasta sentarme encima de mi almohada; la criatura rió nuevamente y comenzó a hablar como mi querida abuela, eso solo avivó la llama para mi odio hacia aquella cosa, pero mi temor impedía acercarme, noté que mientras mas me asustaba… Mas fuerte podía hacerse, su voz cada vez se hacía mas perturbante, quizás mi miedo era lo que la alimentaba, quizás no, solo pensaba en que quería librarme de aquello.

La criatura nuevamente me invitaba al armario, me levanté de la cama con mi entrepierna algo adolorida y me acerqué lentamente, supuse que era un buen momento para aclarar una de mis preguntas, -Iré al armario solo si… Si me dices… ¿Cómo es que llegaste a mi vida? ¿Qué tiene que ver el Sr. Sam contigo? Responde- dije asustado y tartamudeando, rió como una hiena y sus patas se movieron hasta sentarse -Sr. Sam, «risas» que nombre tan patético- dijo, -¡RESPONDE!- dije, «risas» -¿Recuerdas el accidente de tus padres?- dijo, asentí, -No estaba en ese accidente por casualidad, tus padres fueron a una venta de garaje en busca de un obsequio para un niñato como tú, buscaron y buscaron hasta que encontraron a mi carnada, si… Ese ridículo muñeco de felpa, inmediatamente lo compraron para ti, sin pensar lo que se llevaban a casa. Era para ti, ya eso me conectaba a ti, eran tus padres… Si los asesinaba te haría sufrir y con ello me haría mas fuerte, ¡bingo! Funcionó, igual con tu abuelita «risas»- dijo, inmediatamente le pregunté -Pero… «Sollozando» ¿Por qué hacer daño?- dije, a lo que contestó -El dolor es mi alimento, mi aire, mi fuerza… Soy una criatura exiliada de las tinieblas, luego de que fui expulsado tuve que buscar mi propia forma de sobrevivir. El antiguo dueño del muñeco se cortó la garganta a los 2 días, me sorprende que hayas durado tanto”, escuché la voz de un niño quien pedía silencio, la criatura volvió al armario y yo a mi cama. Regresé a dormir, estaba algo animado porque ya tenía respuestas.

A la mañana siguiente, fui el último en despertar, la luz del sol que golpeaba contra la ventana y alumbraba directamente en mi rostro me impidió seguir durmiendo, estaba solo en la habitación, me senté en la cama y rápidamente fui a desayunar; fue un día como cualquier otro. Ya a las 9:30 pm era hora de dormir, regresé a la habitación, aún todos los demás estaban escuchando algunas historias de las monjas, no quise quedarme, en cierto modo eso me recordaba a mi abuela y solo no quería sufrir mas por un momento, me comencé a quitar el uniforme cuando Verónica nuevamente entró… Ocurrió nuevamente, pero apenas todo terminó, del armario salió la criatura, tomó a Verónica por los tobillos y la arrastró, solo se escucharon sus gritos de dolor y nada mas supe de ella, -Gracias- dije a lo que contesta “Debo cuidar a mi fuente de vida de sentimientos que no sean el miedo” lo admito, no era miedo lo que sentía al ver a Verónica, era asco completamente un desprecio hacia una mujer como ella; luego el silencio invadió mi habitación.

Ya a media noche, según el reloj de la habitación, de nuevo el armario se abrió, ya no daba tanto temor como antes, solo sentía odio hacia aquella cosa que mato a mi familia, apenas salió del armario corrí a enfrentarlo, supuse que si el miedo lo alimentaba… Debía enfrentarlo, el valor debía invadirme, me acerqué a él y cerré lo ojos repitiendo “No creo, no creo, no creo” muchas veces, la criatura comenzó a retorcerse de dolor y a soltar esos chillidos; nadie parecía escucharlos, todos seguían durmiendo, seguí repitiéndolo muchas veces hasta que con sus garras rasguñó mi rostro y me hizo caer, intentando evitar el miedo seguí repitiendo por unos segundos hasta que la criatura simplemente se desvaneció. Luego de aquello dejé de verla por unos largos años.

30 años después, me casé, tuve 2 hermosos hijos a los que amo con toda mi alma. Luego de un tiempo el caso de mi abuela fue abandonado, las autoridades limpiaron sus manos. Las pruebas no fueron suficientes para inculpar a alguien, ni a mi, a quienes las autoridades mencionaron como sospechoso, sin embargo, nunca pudieron incriminarme. Era triste saber quien había asesinado a mi abuela, solo que…. Si decía de quien se trataba iría directamente a un psiquiatra. Verónica desapareció, nadie nunca pudo encontarla, aunque también sabia quien había sido el causante de su desaparición o quizás muerte… Aunque mi vida fue trágica pude recuperarme en un 60 o 70% con el paso del tiempo, pero aún puedo escuchar el armario abrirse, aún puedo sentir el miedo de cuando comenzó todo, por mucho tiempo he intentado acabarlo, siempre manteniendo mi valor por delante, esa criatura era sinónimo de mi desgracia; temía y temo a que le haga daño a mis seres queridos, por ello combato mi cobardía, sé que pronto podré verme al espejo y decir “lo logré”.

 

L.

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