La Capa del Rey

Cuando era tan sólo un niño pequeño, mi abuela solía contarme historias fantásticas que narraban las aventuras de un cierto tipo que, según ella, se llamaba Tristán “El Bigotudo” Nadal, quien solía recorrer el mundo entero en busca de tesoros y peligros que ningún ser humano, ni siquiera un ser vivo, en sus cabales se atrevería a buscar; acostumbraba viajar con su fiel amigo Ricardo Buenviento, quien lo acompañaba luego de meses de intentar convencer a su buen amigo, en vano, de dejar a un lado sus ganas de irse en una aventura increíblemente peligrosa. También me contaba historias sobre brujas, castillos, princesas y dragones, sobre guerras de tiempos inmemoriales donde ambas partes, o ninguna, terminaba desapareciendo de la faz de la Tierra, sobre civilizaciones antiguas cuyos héroes eran capaces de derribar todo un ejército enemigo con el simple batir de una maza o cualquier objeto que cargaran en sus manos, sobre criaturas extrañas y extravagantes que alguna vez habitaron nuestro planeta y que, según se dice, aún podrían estar habitándolo, escondidos en las más profundas tinieblas que el mundo de hoy podría proporcionarles como escondite para nuestros ojos, y muchos, muchos cuentos más. Pero hay uno en específico, el último que me contó, que hasta el día de hoy, tantos años luego de la muerte de mi amada abuelita, sigue resonando como un eco en mi mente cuando intento recordar los demás cuentos que ella me contaba.

El cuento, según la memoria un tanto deteriorada de mi abuela, se llamaba “La Capa del Rey”. Contaba la historia de un joven campesino, de unos 17 años, que tenía aspiraciones de ser un guerrero; luego de mucho trabajo duro y mucho entrenamiento, llegó a formar parte de la guardia del castillo del Rey Gabriel de Tharamis, el reino en que se desarrollaba el cuento. Con el tiempo, fue reconocido en todo el reino, e incluso en los reinos cercanos, como uno de los mejores guerreros de la época. Con tan sólo 23 años, formó parte de la guardia personal del Rey Gabriel, sirviendo como guardia principal. En 2 años, el chico, huérfano desde una edad muy corta, se hizo un espacio importante en los corazones del rey y la reina; lamentablemente, la esposa del Rey Gabriel murió poco tiempo después, aparentemente asesinada, pero sin rastro alguno de que eso hubiera sucedido. El rey, lleno de una tristeza enorme, fue víctima de una horrible enfermedad, que, con el tiempo, acabó llevándoselo a él también. No había ningún heredero para el trono de Tharamis, puesto que la familia entera del Rey Gabriel había desaparecido muchos años atrás, y nunca llegó a tener hijos con su esposa, por lo cual decidió dejar por escrito que el heredero al trono sería el chico que estuvo con él, como si de un hijo se tratase, cuando cayó en cama por culpa de aquella enfermedad. Poco tiempo después de la muerte del Rey Gabriel, la coronación del chico tuvo lugar; la gente lo amaba, pues era justo y amable con ellos, y con el pasar de los años, se casó y tuvo un niño y una niña, quienes fueron amados también por la gente del reino. Pero lamentablemente, la tragedia cayó nuevamente sobre los regentes de Tharamis.

La esposa del chico desapareció un día sin dejar rastro alguno atrás, al igual que su hija. El chico, ahora convertido en rey, enloqueció al enterarse de las noticias, pero al no encontrar ningún cuerpo que dijera que su esposa había muerto junto a su hija, decidió comenzar una búsqueda, le costara lo que le costara, para encontrarlas a ambas. Con el pasar del tiempo, la búsqueda fue poco a poco trayéndole decepción tras decepción al chico, puesto que no rendía frutos nunca, así que un día decidió darle una visita a un mago anciano que vivía en las montañas, a pesar de que nunca había creído en la magia. El mago le pidió algo que les perteneciera a su esposa y a su hija como medio para poder rastrearlas y encontrar el lugar en que se encontraban. Poco después, el mago le dijo al chico el lugar en que se encontraban la reina y su hija, y antes de que partiera, le hizo un regalo importantísimo, que sería capaz de salvarles la vida a su amada esposa y a su hija. Se encontraban en grave peligro, puesto que La Oscuridad las había capturado, buscando una manera de tener nuevamente un cuerpo físico en este mundo. El regalo del mago anciano fue una capa roja con azul, larga, con un extraño dibujo de un sol con dos espadas formando una equis detrás del sol y un escudo posicionado en el medio, que supuestamente había pertenecido a un rey antiguo de Tharamis, el cual vivió por 400 años gracias a esa capa extraña, la cual, según el mago anciano, era capaz de prolongar la vida de alguien, así como también de traer de vuelta a la vida a una persona con poco tiempo de haber muerto. El chico se llevó el regalo sólo por eso, por ser un regalo, y partió velozmente al lugar en que su familia supuestamente se encontraba. Pasaron 5 días antes que pudiera llegar al lugar, una especie de balcón en la parte más alta de una montaña, la más alta en todo Tharamis, y lamentablemente parecía ser muy tarde: su esposa se encontraba en el suelo, sin moverse, totalmente pálida, y su hija se encontraba a pocos metros, en el mismo procedimiento. Corrió para reunirse con su hija primero y asegurarse de que se encontraba bien y luego ponerla a salvo; después de hacer eso, fue hasta donde estaba su esposa, para darse cuenta que había muerto ya. El chico rompió en llanto poco después, cayendo de rodillas frente al cuerpo de su esposa, mientras su hija bajaba por la montaña acompañada de dos de los hombres de la guardia del rey. De pronto, escuchó una voz espectral y tenebrosa que le decía “Lárgate de aquí ahora” una y otra vez. Se levantó y dio media vuelta, para encontrar frente a él a una figura extraña y alta, pero totalmente oscura, que se le acercaba lentamente. Sabía muy bien que no podría enfrentársele a esa sombra extrañísima, sabía muy bien que eso podría resultar en su muerte. Entonces, repentinamente, relacionó aquella situación con lo que el mago le había dicho: “La Oscuridad quiere volver a tener un cuerpo material”. Quizá La Oscuridad le había absorbido la energía vital a su esposa, matándola en el proceso, por lo cual decidió, de manera desesperada, echar la Capa sobre ella, creyendo por primera vez en la magia que siempre había odiado.

Al poco tiempo se dio cuenta de que tenía razón: su esposa volvió a la vida mejor que nunca antes y la sombra alta que se acercaba al chico desapareció por completo, pero de todas formas podían sentir su presencia en aquel momento. De la nada, el mago anciano llegó también al lugar y comenzó a lanzar hechizos para mantener a La Oscuridad a raya e intentar encerrarla dentro de aquella montaña, mientras que les decía al chico y a la reina que tenían que irse cuanto antes o quedarían encerrados allí también. El mago anciano logró mantener encerrada a La Oscuridad a costa de su propia vida.

Poco después de lo sucedido en la montaña, el chico y su familia estaba junta nuevamente en el reino de Tharamis, celebrando el rescate de la reina y la princesa. Con el tiempo, él y sus descendientes comenzaron a usar la capa mágica, la Capa del Rey, para evitar morir cuando no debían morir, pero, lamentablemente, la capa se perdió siglos después, o al menos eso contaba mi abuela.

Pero siguen habiendo cosas que me intrigan acerca de ese cuento, el cual ahora estoy intentando colocar en un libro que escribo para mis hijos, lleno de las historias tan increíbles que solía contarme mi abuela hace más de 20 años, cuando yo tan sólo tenía 8, y hasta menos. Esa intriga que me provoca el cuento es la que lo mantiene en mi mente tan constantemente, y que comenzó cuando, en una de mis búsquedas para verificar los orígenes de los cuentos que me contaba ella, ése era el único que no parecía existir en la información de ninguna página web que llegué a visitar. Incluso pedí ayuda, pero de ninguna de las formas en que lo intenté logré conseguir algo de información acerca de ese cuento, ni cuentos parecidos, ni versiones más viejas o nuevas del mismo, ni tampoco sus orígenes. Me pregunté día y noche cómo había hecho mi abuela para conocer ese cuento.

Un día, luego de concluir con la escritura de mi libro de cuentos para mis hijos, revisando entre las pertenencias que me habían enviado de mi abuela, encontré una carta escrita por ella dirigida a mí dentro de un álbum fotográfico muy viejo. El sobre de la carta decía que sólo debía abrirlo cuando ella muriera, y cuando hubiera cumplido la suficiente edad como para saber ciertos secretos que sólo ella podría contarme. El sello del sobre tenía un dibujo que era casi igual al que se encontraba en la Capa del Rey según el cuento, el sol con las dos espadas cruzadas, pero en este caso, el escudo no estaba.

Tenía que abrirla, necesitaba saber qué me quería decir mi abuela, así que me dispuse a abrir la carta cuando me di cuenta de que el sobre estaba un poco abultado por un material suave que, al sacarlo del sobre, resultó ser una tela muy suave. Finalmente, procedí a abrirla y a revelarme a mí mismo aquellos secretos que mi abuela me tenía preparados en aquella misteriosa carta.

“Querido nieto, sabes muy bien que ya a mi edad se olvidan muchas cosas, pero quiero que sepas que la última historia que te contaré, pues espero poder cumplir mis planes, es más que cierta. No viene de la mente anciana de tu abuela, ni tampoco de la mente joven que algún día, hace mucho tiempo, llegué a tener. Esa historia que te contaré algún día no es un simple cuento, sino el testimonio de una de las personas que lo vivió. Quizá para el momento en que leas esta carta ya no me creerás lo que te digo, o quizá me habrás olvidado ya, pero igual pienso que necesitas saberlo, necesitas saber cuál es el pasado de tu familia que absolutamente nadie más en ella podrá revelarte, además de mí, claro está. Junto a esta carta, en el mismo sobre, también te dejaré un pedazo de la Capa del Rey para que puedas comprobar que no es mentira lo que te digo; ojalá le des un buen uso a esa capa y a sus increíbles habilidades, tal y como mi padre lo hizo en aquella época cuando se la dieron. Te amo mucho, querido.”

Así, finalmente, logré calmar mi intriga de forma definitiva, para abrirle paso a una tentación. Tentación por saber si realmente lo que mi abuela decía o no en la carta era cierto: iba a probar si realmente ese pedazo de tela de color azul y rojo que se encontraba en el sobre es parte de la Capa del Rey de aquel cuento que, estando yo aún muy joven, logré tener la dicha de escuchar de boca de mi abuela, la hija del chico que la recibió, la chica que, junto a su madre, había sido raptada por una fuerza siniestra que buscaba desatar su ira sobre el mundo entero pero no lo logró.

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