Entre sueños -I-

Se había despertado a la mitad de la noche, necesitaba ir al baño y todo estaba totalmente a oscuras, pero como sabía que todos dormían, no podía despertar a nadie y pedirles que encendieran las luces, ni tampoco podía hacerlo él mismo. Debía comportarse como “un hombrecito”, tal y como le decía su madre de vez en cuando al verlo llorar por sus caprichos de la niñez.

¡George tenía tan solo 7 años, por Dios! ¿Cómo no iba a temerle a la oscuridad de aquella casa que se le antojaba enorme y llena de esquinas que podrían servir de escondrijo a las criaturas de la noche que podrían comérselo sin ton ni son? Sabía que no debía escuchar a escondidas los cuentos de terror que les contaba su hermano mayor a sus amigos cuando iban a la casa en las tardes, pero sin saber por qué, había algo en aquel miedo que le producía escuchar esas historias – a plena luz del día, por supuesto -, que le resultaba ineludiblemente atractivo y adictivo. Claro, a medianoche terminaba sufriendo cuando le tocaba ir al baño, pero no podía evitar escuchar sobre las historias fantásticas y terroríficas que contaba su hermano.

Luego de pasar lo que le pareció una eternidad, que en realidad fueron tan sólo un par de minutos, viendo al vacío que provocaba la oscuridad en el techo de su cuarto sin moverse de aquella cama por el miedo, decidió tomar a Robbie, un osito de peluche que le había hecho su madre, levantarse e ir al baño lo más rápido posible antes que llegasen los recuerdos de las historias de terror de su hermano. Se levantó de la cama, intentando no despertar a sus padres, que dormían plácidamente uno a cada lado del pequeño George – su madre a su derecha y su padre a la izquierda -, giró la cabeza rápidamente hacia el reloj como por instinto y comenzó a caminar de puntillas para evitar hacer mucho ruido, e intentando ir lo más rápido que su forma de caminar actual le permitía. Eran las 2:34 AM.

Abrió la puerta lentamente, sin hacer el menor ruido, y continuó caminando a través del pasillo que daba acceso a las habitaciones de su hermano Thomas, de 10 años, de su hermana Vanessa, de 12, la de sus padres, Kimberly y Joseph, una habitación de huéspedes y un baño que usaban los tres niños. Hasta el momento no había hecho ruido alguno y comenzaba a sentirse como un espía en una de sus misiones más importantes. Jamás se había sentido tan cómodo en medio de la oscuridad, y mucho más porque era la primera vez en que no pensaba en nada que pudiese asustarlo; de hecho, sentía que los rincones oscuros de su casa eran los mejores lugares para él y Robbie, porque así podía esconderse de la vista de cualquier enemigo que pudiera intentar evitar que cumpliese su misión, y, por ende, terminasen despidiéndolo de su trabajo – o al menos eso pensaba él que podría pasarle a un espía que fallaba una misión. Incluso, al pasarle por un lado a la habitación de Thomas, que siempre tenía la puerta abierta, y verlo dormir y roncar por cosa de un par de segundos, no pensó en nada que pudiese asustarlo, no vino ningún recuerdo a su mente. “No hay moros en la costa, Robbie, debemos seguir nuestro camino, o si no, no alcanzaremos nunca nuestro objetivo”, pensó George al llegar a un punto del pasillo en el que debía cruzar a la izquierda para llegar a la puerta del baño. Caminó un poco más y, al pasar frente a la puerta de la habitación de Vanessa, la inspeccionó puesto que estaba entreabierta; al asegurarse de que su hermana estaba dormida, decidió cerrar la puerta sigilosamente para evitar despertarla, pues sabía que a su hermana no le gustaba tener la puerta abierta, ni aunque fuese un poco, cuando iba a dormir.

Fue entonces cuando sintió el calor en sus mejillas, y el brillo en sus ojos, de una luz débil que se encendía al final del pasillo. Este hecho llamó la atención del niño, haciendo que girase la cabeza en busca de la fuente de aquella extraña pero apacible luz: eran un par de velas que se habían encendido misteriosamente, una a cada lado de la puerta del baño. Le pareció extraño ver eso, sabía que esas velas no debían estar ahí en la puerta, pero por alguna extraña razón, no podía dejar de querer acercarse. Ya no estaba de puntillas, pero prácticamente iba caminando arrastrando los pies; incluso había olvidado que necesitaba ir al lugar que se encontraba entre las dos velas y dejó caer a Robbie al suelo sin siquiera percatarse de haberlo hecho. Siguió caminando, lentamente, hasta llegar a estar a unos 2 o 3 metros de la puerta, mirando embelesado las velas, que le transmitían una sensación de seguridad increíble.

De la nada, escuchó como abrían una puerta a sus espaldas, despertándolo del trance en el que se encontraba. Había sido Vanessa, que había despertado repentinamente también. George estaba asustado en un principio, pero al ver a su hermana salir de la puerta de su cuarto, se sintió aliviado y le sonrió, haciéndole una seña para pedirle el favor de que recogiese a Robbie. Apenas Vanessa se agachó para tomar a Robbie del piso, ambos escucharon tres golpes leves contra la madera que venían del final del pasillo; la forma en que sonaron aquellos golpes en la madera sonaban como cuando alguien tocaba una puerta para saber si había alguien del otro lado. Vanessa vio fijamente a George a los ojos, con una expresión de asombro y terror absoluto, la cual fue amplificada en el momento en que George le devolvió la mirada con la misma expresión en su rostro: George estaba seguro de que nadie podía estar dentro de aquel baño. Todos dormían, nadie podía estar ahí, tocando la puerta. Sus padres estaban dormidos, podían escuchar a Thomas roncar a la distancia, y ellos dos se encontraban ahí, a la mitad del pasillo. Vanessa aún seguía agachada frente a Robbie, cuando de pronto escucharon nuevamente los tres golpeteos en la madera, que venían de dentro del baño, pero esta vez fueron más fuertes, incluso más agresivos, que la vez anterior. George no aguantó más y comenzó a caminar hacia Vanessa, con quien en ningún momento había dejado de hacer contacto visual y que además lo esperaba con una mano extendida hacia él y con Robbie en la otra, pero el miedo no lo dejaba ni hablar ni moverse muy rápido, incluso tambaleaba al dar un paso hacia adelante.

George dio pocos pasos hacia su hermana, pero quedó lo suficientemente cerca de ella cuando, de pronto, ambos escucharon una voz muy grave y pausada viniendo del baño que les heló la sangre, el cual permanecía aún con la puerta cerrada, y que además hizo que el pequeño George dejase de caminar, y que Vanessa se tambalease y, luego, terminase sentada en el piso, paralizada y horrorizada.

– ¿Acaso no piensas saludarme, pequeño Georgie? – dijo la voz extraña, la cual siguió resonando en los oídos de los dos hermanos. George no pudo evitar girar la cabeza para ver hacia la puerta del baño, hacia aquella voz que misteriosamente conocía su nombre; y mientras lo hacía, podía escuchar, junto con el eco de aquella voz de ultratumba, el chirrido de la puerta al abrirse lentamente, como cuando las bisagras de una puerta están oxidadas.

Cuando el pequeño terminó de girar la cabeza y pudo ver de lleno la puerta, vio como una de las velas se extinguía, la de su derecha, y al terminar de abrirse la puerta y revelar una oscuridad digna de un abismo sin fondo, escuchó como la otra se caía y luego se apagaba. La tenue luz que proporcionaban las velas, junto con el calor y la seguridad que le hacían sentir, desapareció por completo, dejando a los niños en la absoluta y fría oscuridad implacable, sólo combatida por la fría luz de la luna que se filtraba muy ligeramente a través de unas cuantas ventanas situadas en el pasillo. Escucharon el paso de un pie descalzo sobre la madera del suelo del baño, la cual chilló al ser pisada, como si estuviese quejándose de algo, y luego, de aquella inmensa y aterradora oscuridad, comenzaron a salir un par de brazos anormalmente largos y huesudos, llenos de manchas oscuras que, en un punto, pudieron distinguir que eran de un color carmesí. Las dos manos que adornaban el final de aquel par de brazos eran, quizá, más anti-naturales: tenían dedos extremadamente largos y uñas que parecían más bien garras, que goteaban un líquido viscoso y que, al caer y chocar contra la madera, producía un sonido totalmente repugnante. Ambas manos sostenían algo entre ellas, un bulto extraño, que, mientras más cerca quedaba de la vista de ambos pequeños, más definían lo que era.

Aquel extraño bulto no era nada menos que la cabeza de un hombre adulto, con poco pero largo cabello adornando su cabeza, llena de cortadas en todas partes y con los ojos y la boca cerrados. Ahí se percataron de que todas las manchas carmesí que estaban en aquellos brazos esqueléticos, que se encontraban a pocos metros de los niños: era sangre, la sangre que probablemente era del dueño de aquella cabeza, o al menos eso pensaron ellos. De pronto, vieron cómo se movían los labios de la cabeza poco a poco, como si estuviese masticando y preparándose para decirles algo, haciendo que George cayese acostado a los pies de su hermana, viendo fijamente aquella cosa, sin poder moverse debido al pánico que les provocaba la situación.

– Aquí está tu gran amigo Johnny, querido Georgie – dijo la cabeza, mientras sonreía lentamente y les mostraba una hilera de dientes filosos y amarillos, con pedazos oscuros pegados a sus dientes que, mientras movía sus labios para formar aquella macabra sonrisa, iban cayendo pesadamente al suelo y no podían ser otra cosa que pedazos de carne cruda y sangrienta.

“Johnny” comenzó a reírse, cada vez más y más fuerte, mientras los niños comenzaban a moverse lentamente hacia atrás, arrastrándose, boquiabiertos, horrorizados y casi en perfecta sincronía; de pronto, cesó la risa del ser que, luego de un gesto como de saborearse los labios, parecía amenazar con devorarlos en aquel momento. Luego de una pausa que les pareció eterna a George y a Vanessa, la cabeza comenzó a abrir sus ojos lentamente. La última cosa que vieron los niños de aquella cabeza imposible fueron un par de ojos negros, tan negros como la oscuridad que venía del baño. El pequeño niño los vio directamente frente a él, mientras que Vanessa los vio por encima de la cabeza de su hermanito.

Poco a poco, la oscuridad engulló aquel ser extraño mientras la cabeza retomaba su burla debido a las expresiones de terror del par de pequeños que permanecían frente a él sin poder mover ni un músculo, disfrutando cada instante de aquella escena que, a su parecer, no podía ser mejor. Mientras iba desapareciendo en la oscuridad, la risa tormentosa y burlona de “Johnny” sonaba cada vez más y más lejana. Luego de un rato, cuando ya no podían ver más a aquel ser frente a ellos, el par decidió levantarse rápidamente, aún horrizados, para irse a buscar a sus padres. Le dieron la espalda al lugar en el que anteriormente ese monstruo, a falta de una mejor palabra estuvo de pie frente a ellos, y que ahora era solo una mancha oscura que se extendía por todas las paredes del pasillo. A cada paso que daban, acercándose cada vez más al cuarto de sus padres, sentían un alivio recorrer por sus cuerpos; y, ¿cómo no iban a sentirse mejor si estaban cada vez más cerca de la seguridad de sus padres? Aquellos que todo lo podían y que alejarían al monstruo de ellos de una vez por todas, aquellos que, aunque el monstruo se había ido, los harían sentir bien y seguros de que no les pasaría nada.

La seguridad estaba a un paso más cuando ya se hallaban frente a la puerta del cuarto de sus padres, que aún estaba abierta de cuando el pequeño George había salido de ahí para ir al baño, cosa que no pudo hacer debido a aquel extraño encuentro. Y poco a poco, entre ambos, abrieron la puerta del cuarto.

– Boo – dijo la cabeza ensangrentada, que ahora tenía un aspecto deforme, que resposaba en las piernas blancuzcas y debiluchas del monstruo del pasillo, que ahora se encontraba sentado en la cama de sus padres -. Un par nuevo para mi colección. ¿No van a extrañarlos, verdad? Son muy lindas, ¿no les parece? Ahora solamente me faltan tres más – y extendió ambos brazos mientras sus manos anormales sostenían un par de cabezas por el cabello: las cabezas de Kimberly y Joseph. Sus labios se movieron nuevamente justo cuando los niños comenzaron a gritar.

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