Con el corazón en la mano

Junio 30, 1996, pueblo de Kincaid

El viento soplaba con gran fuerza contra las puertas de la casa, como si tratase de entrar para protegerse de algo que había fuera, algo invisible, algo terrible. “El viento tiene miedo de lo que sea que le acompaña, Max”, le decía el viejo Will Hascow cuando se avecinaba una tormenta, “y si el viento tiene miedo, entonces nosotros deberíamos temerle aún más a lo que viene tras él”. Nunca se equivocaba, pues la naturaleza no tardaba en hacer acto de presencia, y, en algunas ocasiones, muy cruelmente. Tormentas eléctricas, inundaciones, incluso un huracán llegó a azotar sin contemplación las calles del pueblo de Kincaid. Pero en ese momento, para Max, el nieto de Will, lo único que importaba era que su querido abuelo estaba muriendo, y la escena que aquella lluvia causaba fuera de la acogedora y enorme casa en que se encontraba sólo alimentaba la tristeza del chico de 9 años y las numerosas lágrimas que corrían por sus mejillas.

Will era un anciano que, desde el día en que nació hasta el lamentable día de su muerte 83 años más tarde, vivió en la misma casa enorme del pequeño pueblo de Kincaid, y estuvo a punto de no dejar descendencia alguna. El viejo Will nunca llegó a salir del pueblo, pero se dice que en su juventud fue un muchacho bastante atractivo y que tenía mucha suerte con las mujeres, e incluso llegó a casarse dos veces, la primera a los 24 años y la segunda a los 31, pero ambas esposas murieron pocos meses después de contraer las nupcias con él a causa de enfermedades fatales, por lo cual nunca llegó a tener hijos con ninguna. Fueron días oscuros para el pobre anciano, pero con el pasar del tiempo, aparentemente, había logrado superar aquellos momentos difíciles. Luego de eso, Will comenzó a creer que estaba maldito, así que decidió no casarse más para evitar otro acontecimiento parecido; era un hombre muy supersticioso.

Hasta los cincuenta y tantos años de Will, debido a su decisión de no volver a casarse, el apellido Hascow, así como la casa en la que vivió por tantos años, estuvieron a punto de morir con él luego de todos los acontecimientos que tomaron lugar en su vida; casi demolieron la casa, pues Will era hijo único y no había nadie más en el pueblo que compartiese lazos sanguíneos con él. La familia Hascow era una de muchos secretos, así como los llegó a tener el anciano Will, y mantenían estrictas reglas con el pasar de los años respecto al legado que estos dejarían atrás luego de dejar de habitar este enorme mundo al que pertenecía aquel pequeño lugar. Desde que Kincaid y Marienne Hascow fundaron el pueblo, todas las generaciones de la familia Hascow han vivido en aquella casa y se la han dejado a las futuras generaciones, sin excepción alguna. Kincaid dejó escrito en su testamento que, al momento de su muerte, la casa pasaría a ser propiedad exclusivamente de sus hijos, y de los hijos de sus hijos; sólo aquellos que pertenecieran a la familia Hascow podían ser dueños de aquella casa, y de no haber más descendientes, entonces la casa debía ser demolida. Los Hascow eran muy respetados y queridos en el pueblo, pero ese pensamiento extremista que tenía el señor Kincaid respecto al futuro de su morada siempre fue interpretado por los habitantes, incluso en generaciones posteriores, como una manera de decir que ellos estaban por encima de los demás; de todas formas esto nunca cambió el trato amable de la gente del pueblo para con ellos, pues el comportamiento de la familia Hascow, en los 400 años de historia que tenía el pueblo de Kincaid, siempre demostró lo contrario.

Unos treinta años antes de la muerte del viejo Will, en una noche lluviosa y tormentosa como aquella en que su nieto le veía postrado en una cama, llegó a su puerta una mujer que alguna vez mantuvo una relación de unos pocos años con él, Katherine Husk, quien pudo haber sido la tercera y última esposa del hombre en aquel momento, pero por culpa de su familia tuvo que abandonarle para irse a algún lugar lejano; Will nunca supo a dónde se la llevaron, y tampoco fue capaz de mantener contacto con ella por más que lo intentó. Ella tenía 21 años, y él 42; habían pasado 11 años desde el día en que aquella chica había desaparecido totalmente de su vida.

Como por un golpe de suerte, había reaparecido luego de todo ese tiempo cuando él ya se había entregado casi por completo a la soledad, y junto a ella había un niño pequeño sosteniéndola de la mano; ambos temblaban bajo la entrada techada de la casa de Will, empapados por aquella lluvia torrencial que acechaba el lugar. Will los miró y supo, en aquel momento, que su vida había cambiado, que todo estaría bien a partir de ese momento, pero estaba en shock, y no podía moverse ni un poco por más que lo intentaba. “Will, ¿podemos pasar?”. Jamás olvidaría esas palabras, ni siquiera en su lecho de muerte, que fueron las que lo despertaron de aquella parálisis.

Luego de mirarse a los ojos en un silencio eterno, Katherine comenzó a decirle qué había pasado y porqué había tenido que irse sin darle explicación alguna a Will: estaba embarazada, así que se la llevaron lejos y le impidieron contactar nuevamente con Will, pues pensaban, al igual que él, que éste estaba maldito. Aquel niño pequeño, que ahora dormía plácidamente en una cama de aquella casa, era su hijo y se llamaba James.

Dos años más tarde, Katherine quedó embarazada nuevamente de Will y dio a luz a un pequeño niño al que llamaron Leonard, pero ella, lamentablemente, murió en el parto del pequeño. El hospital de Kincaid permaneció en total silencio ante la tragedia que una vez más el pobre Will tuvo que soportar.

De vuelta en el presente, se hacía evidente que James había heredado parte de la mala suerte de su padre Will, pues, a diferencia de Leonard, James no tenía ni hijos ni esposa. Leonard estaba casado desde los 20 con Verónica Glenn, y el pequeño Maximiliano era su hijo, junto a su hermanita Rebeca, de 3 años. Max se pasaba los días enteros charlando con su abuelo, y se había apegado mucho a él. Aquella noche era horrible para el pequeño, y aquella historia de cómo fue la vida de su abuelo Will fue lo último que podía recordar que éste le hubiese contado.

-No llores, Max, no llores. Mi tiempo aquí ha acabado, pero tu tiempo y el de tu hermanita apenas están comenzando. Eres un niño muy soñador, y quiero que siempre persigas esos sueños. Sé que lograrás muchas cosas.

Max no podía hablar, las palabras de su abuelo sólo alimentaban el dolor en aquel momento, a pesar de que algo le decía que en un futuro le servirían de refugio y de combustible para seguir adelante con su vida. Haría muchas cosas para enorgullecer a su abuelo y para ser feliz; sabía que lo haría. Sólo necesitaba esperar a que llegase el momento para ello.

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