Un pez en la orilla

Íbamos paseando por la orilla de la playa, supuestamente buscando el punto justo en el cual usarías aquella caña de pescar que encontraste en la casa en la que nos estábamos quedando con el resto de la familia y, valga la redundancia, pescarías un pez usando un trozo de jamón como carnada, cosa que todos te dijeron que no podrías hacer y tu dijiste con entusiasmo que lograrías volver con un pez.

Poco antes nos habían contado que, paseando por esa misma zona, habían visto a una pareja teniendo relaciones relativamente escondida entre las palmeras, y como un niño curioso que era recuerdo haber pasado viendo hacia donde creí que podía estar la pareja. Echaba un ojo de tanto en tanto con miedo de que fueras a verme y a regañarme, pero de todas formas la pareja ya no estaba y eso me causó mucho alivio; tenía mucha curiosidad, pero también una especie de terror de ser descubierto viendo una escena así a esa corta edad.
Seguimos caminando, hablando el uno con el otro sin parar. Y tu con esa increíble sonrisa que jamás se esfumó de tu rostro en esos duros momentos. No parábamos de hablar de todo hasta que, de pronto, encontramos un pez muy grande en la arena, muerto, y nos vimos el uno al otro con complicidad.

No era de nadie, estaba solo en medio de la arena y se notaba que no llevaba mucho tiempo ahí. Intentaste, de todos modos, pescar un pez con aquella carnada que muy probablemente no serviría, y bueno, finalmente no sirvió, tal y como nos dijeron. Desechaste el trozo de jamón y agarramos el pescado, tomando rumbo de nuevo hacia donde se encontraba la familia en la orilla de la playa, mucho más atrás. En el camino me dijiste que no le dijera a nadie como habías conseguido el pescado y no parábamos de reírnos.

Llegamos e incluso un par de fotos con el pescado te tomaron, realmente era enorme. Y de nuevo tu, con aquella sonrisa imborrable y contagiosa. Y de nuevo yo, mirándote como a mi héroe, no tanto por lo que acababas de hacer, sino por no haberte rendido y haber intentado hasta darte cuenta de que realmente no funcionaría, decidiendo entonces buscar una manera diferente de llevar lo prometido, sin dejar de cumplir nunca.

O quizá no fue por eso, sino porque yo sabía que estabas sintiéndote mal, y que aún así no dejabas de ser quien eras con los demás, conmigo; no dejabas de sonreír e intentar hacer las cosas, siempre a tu manera. Aquella estadía en la playa fue la primera vez que vi “The X-Files“, en las noches, en aquel pequeño cuarto con dos literas, una para ti y la otra para mi, en aquella pequeñísima televisión que llevaste.

Y esa misma noche todos comieron de aquel pescado que habías llevado, que aunque no lo habías pescado tu, no dejaste de cumplir lo que prometiste al llevarlo. Pero pronto íbamos a necesitar volver, pronto ibas a necesitar volver.

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