Dos caminos

Noche tras noche, miles de vueltas en la cama, un mismo pensamiento girando en su cabeza. No consigue tener paz, no consigue un lugar en el cual esconderse de su realidad.

Fue un asco, por más que intentara ocultarlo, lo fue. No solo la primera vez que lo intentó, sino también la segunda y la tercera, incluso una cuarta y una quinta. No paraba de cometer los mismos errores, las mismas idioteces.

Pudo pensar en más de una ocasión que la culpa no era suya, pero siempre lo supo, siempre supo que no era así. Era él. La razón por la que todo se destruía, la razón por la que todas las veces que lo intentaba terminaba mal. Intentó arreglarlo todo, pero lo único que logró fue empeorarlo todo. No podía creerlo, no podía imaginar una situación peor y aún así, era verdad: siempre perdía lo que más quería, siempre dejaba ir a lo que mejor lo hacía sentir, solo por intentar ser alguien mejor, cuando solo le bastaba ser quien era.

Y en una de esas terribles noches, no aguantó más. Necesitaba escapar de aquel bucle tormentoso que se repetía a cada noche, a cada segundo, cuando menos lo esperaba; incluso luego de meses experimentando la misma tortura día tras día, aún esperaba que al caer el sol y encontrarse acostado en su cama dormiría plácidamente, pero los pensamientos no dejaban de llegar. No podía más, sencillamente no podía más.

Se dirigió a la ventana y comprobó la altura; unos cuantos pisos desde aquel lugar hasta el suelo. Regresó al cuarto, tomó lápiz y papel, y acercó el grafito a la hoja en blanco que se encontraba tendida sobre el escritorio. Cinco minutos más tarde y aún no tenía nada que escribir: no tenía nada importante que dejar atrás realmente, y mucho menos alguien que aceptara las pequeñeces que podía dejarle, incluyendo aquellas palabras garabateadas en esa hoja amarillenta. Ese último pensamiento impulso una pequeña lágrima por el borde de su ojo y de sus párpados, que cerró inmediatamente intentando contenerla, y a través de sus mejillas pálidas hasta caer en la hoja y desparramarse totalmente contra la misma, dejando una marca imborrable en ella.

Era hora. En aquel momento, su dolor terminaría; luego de aquel momento, no habría más noches en vela pensando en errores y dolores. Es más, a partir de ese momento acabarían las noches para él. Se acercó al borde la ventana y miró al suelo. Un par de lágrimas, una de cada ojo, cayeron nuevamente, esta vez directo contra el suelo y sin intentar ser contenidas previamente. Saltó. En el aire, recordó aquella lágrima que había intentado contener y que había caído de golpe en aquella hoja en que había escrito solamente “Adiós.”

Antes de caer al suelo, se encontraba en una cama mirando al techo, sintiéndose más ligero que unos segundos atrás, antes de saltar de la ventana. Se tocó la cara, los brazos, las piernas y el pecho en un movimiento rápido, buscando heridas, y no encontró ninguna. Había sido un sueño: un largo y horrible sueño de una vida en la que no corregía sus errores incluso sabiendo que los tenía, una vida en que vivía amargado por todas sus equivocaciones, y una vida que decidió terminar antes de tiempo por miedo a seguir arruinando las cosas que lo hacían sentir bien. Recordó con horror toda esa vida llena de temores y dolores, de errores y desvelos, que había tenido en su sueño.

Tenía que arreglar las cosas ahora mismo. No podía permitir que aquel sueño se volviera realidad.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s