Un abrazo en la oscuridad

Figuras ardientes retorciéndose en el aire, mientras la brisa nocturna entra por la ventana. ¿Una ilusión óptica? ¿O quizá aún estaba dormido, pero con los ojos abiertos?

De un momento a otro, aquellas figuras desaparecieron, abriéndole el paso a la negrura de la oscuridad para que absorbiese por completo aquella habitación solitaria en que se encontraba; permaneció quieto, paralizado por la duda, por no saber qué acababa de ver, porque su mente aún estaba intentando decidir si darle o no importancia a aquellas figuras a las que, cada vez que las pensaba, podía verles nuevas formas en su movimiento extravagante frente a él. Aunque en realidad permaneció quieto solo unos segundos, sintió que pasaba una eternidad tan grande que pensó haber perdido el control de su cuerpo por completo.

Cuando su mente terminó por decidirse en que aquello no había sido más que una imagen causada por su despertar repentino de aquel sueño, giró sobre su costado izquierdo y miró la pared que pegaba de su cama en un lado, buscando a Morfeo entre aquella masa oscura. Antes de cerrar los ojos, en aquella oscuridad que parecía retumbar en sus sentidos, vio el rostro de alguien que no había visto en muchos meses, alguien que no estaba más, alguien que le había traicionado. ¿O le había traicionado él?

Giró sobre su otro costado, alejando la visión de la pared de su mente, viendo ahora la pared que se encontraba lejos de su cama, o mejor dicho, viendo la oscuridad que se extendía entre su cama y aquella otra pared. De pronto, se percató de un pequeño rayo de luz de luna que iluminaba ligeramente el centro de la habitación.

En ese momento, los susurros comenzaron. Venían de la luz de la luna y llegaban hasta sus oídos, retumbaban en su cerebro y penetraban en su alma. Parecían muchas voces, muchos ecos, en uno solo. ¿Qué intentaban decirle? No lo sabía, aún, pues el mensaje se perdía entre cada repetición vacía. Se escuchaban voces graves, voces agudas, de niños, de mujeres, de hombres, de ancianos; todas a la misma vez, diciendo lo mismo, y todas acompañadas de un eco espectral que no le dejaba entender nada. Sentía que su alma dejaba su cuerpo… No, sentía que algo intentaba extraer el alma de su cuerpo. De pronto, comenzó a entender lentamente lo que decían las voces. Ven, ven con nosotros, acércate. Una y otra vez se repitieron esas palabras cuando las logró entender.

Giró nuevamente y se acostó sobre su espalda, viendo hacia donde se encontraban, nuevamente, aquellas figuras ardientes retorciéndose en el aire. Ahora si podía verlas “claramente”, podía distinguir de a poco lo que aquellas figuras eran mientras giraban retorciéndose en el aire. Una era él, pero la otra…

Sus pensamientos fueron interrumpidos por un sonido que comenzó a emitir esa visión extraña que lo perseguía aquella noche en el aire; sonaba como el crepitar de las llamas en una hoguera mientras la madera ardía bajo ellas. El sonido lo distrajo y no consiguió distinguir con claridad a la otra figura, pero la reconocía, sabía que la reconocía. Intentó nuevamente ver qué o quién era, pero mientras más se acercaba a aquella revelación, más fuerte sonaban aquellas llamas extrañas en el aire. De pronto, justo cuando estaba por ver qué era, la llama creció tanto, en sonido y en tamaño, que ambas figuras se volvieron una sola y luego, así como se crearon frente a él, desaparecieron en la nada de aquella habitación al hacerse cada vez más y más diminutas.

Esta vez, se sentó de un golpe y recostó su espalda a la tercera pared, la que se encontraba tras él, mientras dirigía su mirada hacia la cuarta pared frente a él. Poco a poco pudo cerrar sus ojos, dejándose vencer por el sueño finalmente. Un alivio recorrió su cuerpo entero, desde la punta de sus pies hasta el punto más alto de la calvicie que redondeaba su cráneo. Pero, de pronto, ese alivio se convirtió en un escalofrío que amenazaba con congelar su cuerpo entero, lastimando sus articulaciones, atrofiando sus músculos y paralizando su corazón. El escalofrío fue provocado por la peor de las experiencias que había vivido aquella noche, pues, a diferencia del resto, no sólo la percibió, sino que además la sintió en carne propia.

A pesar de que la pared se encontraba tras su espalda, pudo sentir como un par de manos subían lentamente por ella, fingiendo caricias que él conocía a la perfección. Poco a poco, escalaron por su espalda y llegaron a sus hombros, donde con un tacto gélido apretaron suavemente y sirvieron de apoyo para que algo más surgiera tras él, una cabeza que, luego de que las manos bajaron por su pecho y se cruzaron al tocar su abdomen, como si de un abrazo se tratara, posó su quijada en su hombro izquierdo y apretó su mejilla, fría como el hielo, contra la de él. Reconocería aquel olor que comenzó a impregnar su alrededor en cualquier lugar, a kilómetros de distancia incluso, y comenzó a sollozar. Entonces le habló:

Al fin te encontré de nuevo, mi querido Marvin – le dijo, con un tono tan dulce y a su vez amargo, acompañado por un coro de ecos espectrales como los de la luz de la luna, que interrumpió el llanto que segundos antes había comenzado, como si hubiese congelado la reacción con su voz –. Al fin eres mío, Marvin, al fin eres mío una vez más; y esta vez no te alejarás de mis brazos jamás, Marvin, ni porque te mueras en ellos. Diles “hola” a todos, vinieron a acompañarnos. Pero ello saben que eres sólo mío.

Al día siguiente, el cuerpo del hombre fue encontrado por el guardia que pasaba a dejarle su comida. Al llegar, corrió el visor de la puerta y le llamó varias veces, indicándole que la comida estaba ahí. El hombre era torpe, pero de alguna manera se levantaba e iba hasta la comida y se la llevaba. Ese día, a diferencia del resto, ni se movió, y tenía la boca abierta de par en par mientras se encontraba sentado en el piso, en la esquina de aquella habitación sin ventanas selladas en un hospital psiquiátrico a las afueras de la ciudad. Cuando abrió la puerta, vio que había muerto en aquella posición la noche anterior, con la boca abierta y la cabeza inclinada ligeramente hacia la derecha. Parecía una expresión de terror puro la que se dibujaba en el rostro demacrado y “diferente”, como al guardia le gustaba decir, de aquél hombre.

Unos días después de la muerte, el siguiente artículo fue publicado en un blog, cuyo dueño se encargaba de llevar a cabo investigaciones de asesinatos y sucesos extraños, cuyas explicaciones por los medios no satisfacían su curiosidad y sentía que no explicaban del todo lo sucedido:

Según el informe médico, Marvin González, de 32 años, quien había sido recluido en una habitación “especial” en el Hospital Psiquiátrico José Urmaín, conocido por albergar criminales peligrosos, a las afueras de San Martín luego de haber mordido a una enfermera en su habitación original del hospital tras un ataque repentino de locura, murió en la madrugada del 4 de noviembre del año 2013 debido a un infarto fulminante. En su lenguaje corporal, afirma el guardia que lo encontró al día siguiente, Omar Gutierrez, no había señal de dolor; de igual forma, el sujeto debía usar una camisa de fuerza, dificultando sus movimientos, pero no parecía haber movido su cuerpo de ninguna manera luego de sentarse en aquella posición. Eso sí, excepto por la expresión, que Gutierrez describe como una expresión de terror profundo, y el ligero movimiento de su cabeza al tenerla inclinada hacia la derecha. González se encontraba pagando por los crímenes que habría cometido, según especificó y confesó en una carta encontrada a su lado al ser aprehendido por las autoridades de San Martín en un apartamento que supuestamente le pertenecía a una de sus víctimas, su pareja, entre enero y marzo del presente año.

González acababa de cumplir siete meses de su condena, cadena perpetua, por la muerte de al menos 11 personas en el plazo de esos dos meses, además de asalto a mano armada y algunos otros crímenes menores. Serían 12 el conteo de muertos de no ser porque falló el disparo en lo que se creía que había sido su último asesinato hasta que lo encontraron en aquel apartamento. Intentó robar a una pareja en una noche de marzo, para luego propinarle un disparo mortal a la mujer, Alejandra Reyes, y otro que casi le quita la vida al hombre, Carlos Ferrer. Por suerte, un taxista de la zona, Dóminic Rodríguez, escuchó el primer disparo y corrió hacia el lugar de los hechos y pudo ver bien a González; gracias a él, la búsqueda por el asesino comenzó, pero aún no se sabía que él era la culpable de los otros asesinatos. Una semana después, los vecinos llamaron a la policía para que investigara el apartamento donde fue encontrado González debido a que se escuchaban gritos “poco naturales” viniendo de ahí. Cuando encontraron a González, los gritos habían parado, y este se encontraba, bocabajo, bañado en su sangre y la de su pareja en el piso del apartamento; se había cortado la lengua, removido los ojos de sus cuencas y parecía haber gritado tanto y tan fuertemente que se había desgarrado las cuerdas vocales hasta tal punto que ya no podía emitir sonido alguno, excepto el sonido gorgoteante que salía de su garganta debido a la sangre. Dentro del apartamento encontraron todas las pruebas que lo inculpaban de los demás asesinatos: cuchillos con sangre de las víctimas, que también se encontraba en ropa sin lavar, sangre en una pared perteneciente a su primera víctima, algunas posesiones de las víctimas. Y, a su lado se encontraba, intacta, una nota de suicidio donde declaraba sus crímenes y los describía con lujo de detalles; pude leer la carta gracias a un contacto, y solo mencionaré sus asesinatos, no los describiré tan bien como lo hizo el enfermo de González en su carta. El infeliz esperaba morir desangrado antes de que la policía llegara, pero por alguna razón no lo hizo hasta unos ocho meses más tarde.

Todo comenzó con su mejor amigo, quien fue su cómplice en muchos robos. Una noche tuvieron una discusión debido a la pareja de González, así que este último lo asesino golpeando su rostro contra una pared en un ataque de ira. Luego, fueron dos familias en sus casas; los asesinaba haciéndolos ver a la luna. La siguiente fue Alejandra, y casi se lleva a Carlos también. Cuando regresó al apartamento con su pareja, esta lo confrontó pues él le dijo que no había podido asegurarse de que ambos habían muerto, y prosiguió a asesinarla en otro ataque de ira. Tapó su boca y la apuñaló en el abdomen repetidas veces, y luego la ahorcó desde su espalda. Aparentemente, con el pasar de los días, terminó de perder la poca cordura que le quedaba: comenzó a ver el cuerpo de su pareja moverse y acercarse a él. Escuchaba susurros y risas todo el tiempo. Se cortó la lengua por idiota (supuestamente su pareja lo obligó), pero los ojos serían removidos para no ver más el espectro de la mujer ni su cuerpo, y sus gritos inhumanos para callar los susurros y risas que parecían grabarse en su cerebro… O al menos eso decía en su carta que haría.

Soy amigo de Carlos y de Alejandra, desde hace muchos años, así que me alegré cuando lo encontraron en ese estado, aún más cuando dictaron su condena, pero cuando me enteré de que había muerto… En un principio algo no me convenció, algo estaba mal. Raro. Era muy joven, y según me dijeron los médicos que lo examinaron al morir, su cuerpo y su corazón estaban en perfectas condiciones, y de no ser porque este se había detenido y abierto a la mitad, no había razones que explicaran la situación.

En un principio, intenté ser lo más profesional posible con este artículo, pero este hombre era un monstruo, una bestia. Creo en lo paranormal, así que si he de guiarme por su nota de suicidio, a González lo vinieron a buscar sus víctimas. Quizá ellos fueron los que lo mantuvieron vivo por tanto tiempo, o quizá consiguió evadirlos por todo este tiempo.

Finalmente, luego de tanto tiempo, Carlos podrá tener paz. Hace un par de meses despertó del coma que le indujo la herida y el shock de ver al amor de su vida morir a su lado, y no ha sido el mismo desde entonces…

Se despide de ustedes, y de este horrible criminal (para siempre), Harry León.

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