Un solo ser

Le dejé entrar.

Me di el lujo de ser débil a su alrededor, de bajar la guardia, de mostrarle mi ser. Sin ataduras, sin peros, sin mentiras y, principalmente, sin miedos. Desnudé mi alma con cada palabra que dije, con cada mirada que le di, con cada bocanada de aire que tomé a su alrededor y con cada expresión que se dibujó en mi rostro en respuesta a sus palabras.

Le vi acercarse un poco.

Perdí el control de la situación, de mi ser y de mis ideas. ¿Cómo era posible que eso pudiese estar sucediendo? Una pregunta tonta de una mente atontada en cuyos deseos no existían más que dos personas juntas, sin importar las realidades, sin importar dónde se encontraran, mucho menos quiénes fueran. Desnudé mi mente exponiendo ideas locas que fueron tomando forma poco a poco en el aire, materializándose en su mente, como si de una transferencia de datos de una computadora a otra se tratara.

Me dio la espalda.

No podía entender las razones por las cuales mi sinceridad no le eran suficientes. No importaba quién era, no me importaba lo que me sucediera, siempre y cuando estuviésemos juntos por siempre. ¿Temes hacerme daño? ¿O temes que te lo haga yo? Aunque… El dolor no existe cuando dos almas se vuelven una, ¿no es cierto? Su figura parece flotar a mi alrededor todo el tiempo, sus ojos me cautivan y su andar me hipnotiza. ¡Joder! ¡¿Qué más quieres de mi?! ¡¿Cuándo vas a aceptar que necesito estar a tu lado?!

Me miró por encima del hombro.

Mi corazón se paralizó por un momento. No quería gritarle, pero la desesperación pudo más que yo. Lo dije antes, estaba perdiendo el control y, con ello, mis decisiones parecían volverse cada vez más erráticas. Tenía una mirada de asombro; no era de temor, ni rabia, ni decepción, ni asco, ni dolor, ni siquiera de duda. Era de asombro, y quizá había un poco de curiosidad mezclada en ella. En todos los años que tenía viéndole entrar a mi habitación, era la primera vez que veía esa mirada en sus ojos, y sinceramente, quien tuvo miedo en ese momento fui yo. Por primera vez, le tenía miedo. Pero tenía que seguir adelante con aquello, necesitaba seguir adelante. No podía parar ahora.

Se volteó nuevamente.

Su sola presencia iluminaba aquella habitación, naturalmente oscura, por completo. No había una esquina en aquel lugar que no se iluminara y llenara con su presencia; y eso me gustaba. No había momento en que sintiera que no estaba, incluso si cerraba mis ojos; y eso me gustaba. En muchas ocasiones, le podía sentir incluso horas después de haberse ido; y eso me gustaba. Había mucho que me gustaba de verle en aquel lugar y, obviamente, eso me cegaba por completo. Literalmente, había algo que me impedía detenerme. Y literalmente, había algo que me hacía intentar convencerle. Y eso, sí, eso me gustaba.

Se comenzó a pasear por la habitación.

No sabía qué estaba viendo, ni qué estaba haciendo, pero sentí la necesidad de moverme, de acercarme y de sentirme parte de su ser. No me importaba el acuerdo que manteníamos en secreto, donde yo debía permanecer inmóvil en todo momento durante su estadía. ¿Y por qué tenía que cumplir con eso? ¿Por qué tenía que prohibirme un gusto tan enorme como el de volvernos un solo ser? Su andar me desesperaba cada vez más, pues su silencio se volvía peor con cada paso que daba. Cada paso se sentía como si algo pesado cayera sobre mí, y no podía evitar pensar que no tendría lo que quería si seguíamos por ese camino. ¿Qué tengo que hacer?

Y en dos pasos se puso frente a mi.

Podía ver sus ojos mejor que nunca, y su poder sobre mi se hacía cada vez más potente, cada vez más enloquecedor, cada vez más excitante. Entonces supe qué debía hacer, sin necesidad de que me dijese nada. Era como si su mirada me hubiese dicho exactamente lo que quería. Así que desnudé mi pecho, desnudé mi corazón, ante su presencia, ante su ser, ante su poder, ante sus deseos. En ese momento, pude ver la primera sonrisa en su rostro que había visto; eso era lo que deseaba. Eso era lo que yo deseaba.

Y entonces comenzó.

De sus ojos salían luces, de colores extraños e indescriptibles. De su ser se desprendió un aura que carecía de sentido alguno, que podía sentirse y tocarse, y cobijó cada milímetro de la habitación, incluso llegando a invadir cada fibra de mi cuerpo. Me convertí en una presa del miedo, al darme cuenta de que todos mis deseos no eran realmente míos: eran suyos, todos y cada uno de ellos lo eran. Lo que pensé querer y desear, ser un solo ser a su lado, ahora resultaba ser mi perdición, mi maldición, mi miedo más grande. De alguna forma u otra, fue metiéndose en mi cabeza, fue grabando sus locuras en mi ser y se aseguró de que no las olvidase e hiciera todo lo necesario por darle lo que quería.

Perdí totalmente mi cordura.

Su presencia cambiaba, se transformaba, se iluminaba, se hacía más fuerte, se hacía más… Imposible. Ya no era aquel grácil ser que me seducía con hasta llegar al punto más alto del deseo a lo imposible. Pero no tan imposible como lo que se encontraba frente a mi. Aquella figura extraña que ahora se encontraba frente a mi no era ni la sombra de lo que logró seducirme, tanto mi mente, como mi cuerpo y mi alma. Era algo más, algo indescriptible. Y podía ver que quería alimentarse, y que yo era el plato principal. Cuando ves a la oscuridad de cerca no puedes evitar preguntarte que se oculta tras ella, y algo me dice que lo que estaba frente a mi pertenecía a ese lugar. Extendió su mano, o aquella extremidad enfermiza que ocupaba su lugar, y alcanzó mi pecho. Y su toque era tan frío como el hielo, y a la vez tan caliente como la lava, tan suave como la seda y tan duro como el diamante. Tan sutil como un pensamiento, y tan brusco como un impacto. Era tan doloroso, pero a la vez tan extasiante.

Perdí todo y, finalmente, entendí.

Entendí al ver sus ojos. Entendí al ver los colores que parecían salir de sus ojos para clavarse en los míos. Entendí que no era su primera víctima, y que tampoco sería la última. Entendí que frente a mi se encontraban miles de almas, miles de personas. Hombres y mujeres, y que éste ciclo seguiría por mucho tiempo. Entendí que ahora todas esas personas eran una sola en ese lugar extraño que podía ver en sus ojos. Y mientras su mano penetraba en mi pecho y se acercaba cada vez más a mi corazón, entendí… Entendí que, pronto, cuando aquél horrible e impuro acto terminara, yo también formaría parte de su ser junto al resto.

Le abrí mi corazón.

Y lo aplastó entre sus garras, mientras mi vida corría a través de su brazo e impactaba contra el suelo.

Su sed por una nueva víctima es implacable, y todo esto se repite una y otra vez.

Seduciendo a hombres y mujeres, de la misma forma que lo hizo conmigo.

Le abrí mi corazón, como sé que también lo harás tu.

No tengas miedo, ven a acompañarnos.

Seamos uno.

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